Cuando me vio, intentó sonreír.
Pero no pudo.
Me senté a su lado.
Nos tomamos de la mano.
No dijimos nada por unos minutos.
No hacía falta.
—“¿Estás bien?” —me preguntó finalmente.
Asentí.
—“¿Y tú?”
—“Contigo… sí.”
Siempre fue así ella.
Fuerte.
Incluso cuando todo se derrumbaba.
—
Cuando cruzamos la frontera, sentí algo extraño.
No era alivio.
No era tristeza.
Era… vacío.
Había dejado mi vida del otro lado.
Mi casa.
Mis recuerdos.
Mi esfuerzo.
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