Sufriendo.
Pero en algún punto… algo dentro de mí cambió.
El dolor se convirtió en claridad.
Y entendí algo que nunca había querido ver.
Mi hijo no me traicionó en un solo día.
Yo lo perdí poco a poco… durante años.
Por callar.
Por permitir.
Por pensar que el amor era suficiente.
No lo fue.
—
Al tercer día, nos dijeron que nos trasladarían a la frontera.
—“Serán deportados.”
Esa palabra retumbó en mi cabeza.
Deportado.
Después de 20 años.
Como si nunca hubiera existido.
Nos subieron a otro camión.
Y ahí… la vi.
Juana.
Sentada al fondo.
Con los ojos hinchados.
Leave a Comment