—Hola —dijo, acercándose a la sala—. Yo me llamo Lía. Tengo siete años. ¿Por qué trae eso en los ojos?
—Lía… —murmuró Daniel.
—No pasa nada —respondió Clara, y algo en su voz se suavizó—. Lo uso porque no puedo ver. Soy ciega.
Lía se quedó callada de verdad. No por educación, sino porque estaba pensando.
—¿Se siente como tener los ojos cerrados?
—Un poco. Pero uno aprende a escuchar más. A tocar más.
Lía extendió la mano y la puso sobre la de Clara.
—Entonces puede sentir que la cobija es suave.
—Sí.
—Y que el fuego está calientito.
—También.
Lía asintió, satisfecha.
—Entonces está bien.
Daniel tuvo que voltear a la cocina para que nadie le viera la cara.
Clara durmió en el cuartito que antes había sido el rincón de lectura de Rebeca. A la mañana siguiente, ya seca y con ropa prestada, llegó sola a la cocina, guiándose con la pared y el respaldo de una silla. Daniel le sirvió huevos, pan y café. Mateo había salido al trabajo, Lía estaba en la escuela, y por primera vez quedaron solos.
Fue entonces cuando Clara contó la verdad.
Nueve meses antes había perdido la vista por una infección mal atendida. Al principio, Víctor fue amable, atento, casi devoto. Renunció a su empleo para “cuidarla”, comenzó a manejar las cuentas, a filtrar llamadas, a organizar la casa, a decir quién sí y quién no podía verla. Clara no tenía padres vivos. Su única hermana vivía en Oaxaca y Víctor siempre encontraba un motivo para posponer esa llamada.
—Ahora entiendo que estaba aislándome —dijo, con la taza entre las manos—. O quizá aprovechando lo que me pasó. No sé qué es peor.
El día anterior, le había dicho que viajarían a Puebla para una consulta con otro especialista. Pararon “un momento” en aquella parada de autobús. La ayudó a sentarse. Le dijo que regresaba enseguida. Y la dejó ahí.
—No tenía teléfono —dijo Clara—. Ni cartera. Ni bastón. Él lo había “guardado” porque según eso me estorbaba. Creo que llevaba semanas planeándolo.
Daniel sintió un calor oscuro subirle por la columna.
—¿Él manejaba todo tu dinero?
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