—Todo.
—¿Y seguros? ¿Documentos? ¿Pólizas?
Clara giró la cara hacia él.
—No lo sé.
Daniel puso su teléfono frente a ella.
—Tengo una amiga en la Fiscalía de Puebla. Emilia Cortés. Es buena. Si tú quieres, la llamamos.
Clara acarició el aparato con la yema de los dedos.
—¿Y si me equivoco?
—No te equivocaste al sobrevivir.
Ella tardó unos segundos.
—Llámala.
Emilia llegó esa misma tarde. Menuda, precisa, de cabello corto y libreta en mano, escuchó sin interrumpir, preguntó fechas, nombres, movimientos bancarios, pólizas, diagnósticos. Daniel la observó desde la ventana mientras Clara reconstruía su propia tragedia con una claridad asombrosa.
Tardaron dos días en entender la dimensión del caso.
Víctor había vaciado, poco a poco, las cuentas conjuntas. Había transferido dinero a cuentas en el extranjero desde semanas después del diagnóstico de Clara. Y había contratado dos seguros de vida donde ella figuraba como asegurada y él como único beneficiario. Si Clara hubiera “desaparecido” aquella noche bajo la lluvia, él habría cobrado casi un millón de pesos.
La denuncia se volvió investigación penal. Después, orden de aprehensión.
Encontraron a Víctor diez días más tarde en un motel de Las Vegas, Nevada, como si la cobardía viniera siempre acompañada de poca imaginación. Lo arrestaron sin resistencia.
Clara, entretanto, se quedó.
Al principio fueron unos días. Luego una semana. Después aparecieron algunas prendas del tianguis en un cajón. Más tarde, un bastón blanco nuevo y la visita de Magdalena Olvera, especialista en movilidad para personas con discapacidad visual. Magdalena le enseñó a contar pasos, a usar el sonido, a leer el espacio con la punta del bastón y con la piel.
Clara aprendía rápido.
Lía también ayudaba, a su manera.
—El árbol de atrás ya está rojo casi completo —le decía en el desayuno—. Pero no rojo triste, rojo de fogata.
—¿Y el cielo?
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