—Mucho gusto, Clara.
—No tengo teléfono.
Daniel no preguntó por qué. Todavía no.
—Tengo la mano extendida —dijo—. Solo si quiere tomarla.
Ella la encontró con una precisión que lo impresionó. Se puso de pie. Era ligera, pero no frágil; más bien parecía una mujer a la que le habían ido quitando cosas poco a poco. Daniel tomó la maleta —casi vacía— y la ayudó a subir a la camioneta. Encendió la calefacción al máximo antes de arrancar.
Durante varios minutos viajaron en silencio. Clara se envolvió en una cobija vieja que Daniel sacó de atrás del asiento.
—¿Cuánto tiempo llevaba esperando? —preguntó él al fin.
—Desde las tres.
Daniel apretó el volante.
—¿Quién la dejó ahí?
Clara tardó en responder.
—Mi esposo. Dijo que iba a hacer una llamada. Me sentó en la banca y me pidió que esperara. —Respiró hondo—. Se llama Víctor Salgado.
La casa de Daniel estaba apartada del camino, detrás de unos árboles húmedos y una cerca de alambre. La luz de la cocina seguía encendida. Mateo salió al porche sin chamarra, vio a Clara bajar con dificultad y, para sorpresa de Daniel, se volvió de inmediato la mejor versión de sí mismo.
—Hola, soy Mateo. Pase, por favor. Aquí afuera está horrible.
No hubo preguntas, ni morbo, ni esa mirada incómoda que tanto hiere. Solo hospitalidad.
La casa era pequeña y tibia, con olor a leña, pasta recocida y crayones. Lía apareció en la escalera, enfundada en una pijama de dinosaurios.
—Papá, ¿quién es la señora?
—Se llama Clara. Tenía frío. Va a quedarse un rato con nosotros.
Lía lo pensó un segundo y bajó.
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