Trabajé en casa de carlos salinas y lo que escuché en la cocina me marcó para siempre…

Trabajé en casa de carlos salinas y lo que escuché en la cocina me marcó para siempre…

Nos pusimos al día rápidamente. Ella me preguntó cómo me iba. Le conté lo básico. Mi esposo mecánico, yo limpiando casas, mi hijo enfermo. No quería dar detalles, pero mi cara me traicionaba. El cansancio, la desesperación, todo estaba escrito ahí. Estela se inclinó hacia mí y bajó la voz. me dijo que conocía una oportunidad de trabajo. Una familia muy importante, necesitaba personal de confianza, gente discreta. Pagaban muy bien, muchísimo mejor que limpiando casas. Si estaba interesada, ella podía recomendarme.

Algo en su tono me inquietó, pero la necesidad era un monstruo más grande que cualquier precaución. Le pregunté de qué familia se trataba. Estela miró alrededor como asegurándose de que nadie más escuchara. Luego dijo un nombre que me dejó helada, Los Salinas, una familia muy conectada, muy poderosa. Necesitaban alguien para la cocina y limpieza en una de sus propiedades. Trabajo de tiempo completo de lunes a sábado, alojamiento incluido si era necesario y el sueldo, me dijo, era de 12,000 pesos al mes.

12,000 pes. En 1994, cuando yo ganaba 15 limpiando casas toda la semana, era casi ocho veces más. Con ese sueldo, en 4 meses podría juntar lo que faltaba para la operación de Gabriel. 4 meses y mi hijo estaría a salvo. Traté de mantener la compostura, pero mi corazón latía descontrolado. Le pregunté qué tenía que hacer para aplicar. Estela sacó un papel doblado de su bolsa y escribió un número telefónico. Me dijo que llamara al día siguiente, que mencionara su nombre, que me harían algunas preguntas.

Si pasaba la entrevista, comenzaría en dos semanas. Luego me miró directo a los ojos y agregó algo que debía haber tomado como advertencia. La discreción era fundamental. No hacer preguntas, no comentar nada de lo que viera o escuchara, hacer mi trabajo y nada más. La gente que duraba ahí era la gente que sabía cerrar la boca. Volví a casa caminando como en trance. Armando estaba viendo el fútbol en la televisión. Gabriel y Lupita habían venido a comer.

Los tres me miraron cuando entré. Debí tener una expresión extraña porque Armando apagó la tele y me preguntó qué pasaba. Me senté en Nina Manofen, la mesa de la cocina y les conté sobre el encuentro con Estela, sobre la oferta de trabajo, sobre el sueldo. Armando frunció el seño. 12,000 pesos al mes le parecía sospechoso. Nadie pagaba tanto por limpiar y cocinar. Tenía que haber algo más. Gabriel estaba pálido, sentado junto a Lupita que le sostenía la mano.

Mi hijo me preguntó si estaba segura, si no era peligroso. Le dije que no lo sabía, pero que era nuestra única oportunidad real de conseguir el dinero a tiempo. Esa noche no dormí. Me quedé despierta mirando el techo, escuchando la respiración de Armando a mi lado. Pensaba en Gabriel, en su futuro, en Lupita esperando que su esposo sobreviviera, en los nietos que tal vez nunca conocería si no hacíamos algo. A las 6 de la mañana ya había tomado la decisión.

Llamé al número que Estela me había dado. Una voz de mujer contestó formal y fría. Le di mi nombre. Mencioné a Estela Ramos. Hubo una pausa. Luego me hicieron preguntas. Edad, experiencia, estado civil, familia. Les dije todo. 46 años. Experiencia limpiando casas y cocinando. Casada, un hijo. Me preguntaron si sabía guardar secretos, si era una persona discreta. Respondí que sí. Me preguntaron si tenía problemas con la autoridad o si mi familia los tenía. Dije que no, que éramos gente trabajadora y honesta.

La mujer al teléfono me dio una dirección en las lomas. Me citaron para el miércoles a las 10 de la mañana. Era una entrevista formal. Debía ir presentable, puntual y sola. colgó sin despedirse. El miércoles me puse mi mejor ropa, un vestido azul marino que usaba para ocasiones especiales, zapatos cerrados negros, el cabello recogido en un chongo. Armando me acompañó en el metro hasta Chapultepec y de ahí tomé un pescero que me dejó cerca de la dirección.

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