Hola, me llamo Socorro Campos y tengo 77 años. Vivo sola en un departamento modesto en la ciudad de México, en la colonia Narbarte. Las paredes están llenas de fotografías de mi familia, de mis nietos, de mi hijo, que hoy tiene 53 años y tres hijos hermosos. Si me ven en la calle, soy una anciana más. Nadie voltea a verme. Nadie imagina lo que estas manos arrugadas tocaron, lo que estos oídos escucharon, lo que estos ojos vieron. Y justamente así he vivido los últimos 30 años, invisible, callada, cargando un peso que nadie más conoce.
Hoy voy a contarles una historia que guardé en silencio absoluto durante tres décadas. Una historia sobre poder, sobre corrupción, sobre secretos de estado que nunca debía escuchar. Una historia sobre lo que una madre es capaz de hacer cuando la vida la pone entre la espada y la pared.
Soy viuda desde hace 12 años. Mi esposo Armando murió de un infarto en 2013. Fue un hombre bueno, trabajador, honesto. Durante 40 años trabajó como mecánico en un taller de la colonia Doctores. Juntos criamos a nuestro único hijo, Gabriel. Y fue precisamente por Gabriel que tomé la decisión que cambió mi vida para siempre. Déjenme llevarlas de regreso a 1994. Yo tenía 46 años y vivíamos en un departamento pequeño en la Guerrero. Mi esposo seguía trabajando en el taller, pero el dinero nunca alcanzaba.
Yo limpiaba casas dos o tres por semana, ganando lo que podía. Éramos gente trabajadora, gente honesta, gente que nunca tuvo nada que ver con la política ni con el poder, hasta que la vida nos obligó. Gabriel tenía 23 años. Había estudiado contabilidad en una escuela técnica y trabajaba en una empresa de mensajería. Era un buen muchacho, responsable, cariñoso. Acababa de casarse con Lupita, una chica dulce de su misma colonia. Estaban empezando su vida juntos, llenos de planes y esperanza.
Y entonces llegó el diagnóstico que nos destrozó. Tumor cerebral. Benigno”, dijeron los doctores, pero grande, muy grande. Estaba presionando áreas importantes. Necesitaba cirugía urgente. O en 6 meses, tal vez menos, Gabriel empezaría a perder funciones. Primero la vista, luego el equilibrio, luego quién sabe qué más. La operación era posible, pero carísima. El IMS tenía lista de espera de más de un año. Para entonces sería demasiado tarde. Los doctores privados nos dieron el número, 200,000 pesos. En 1994 esa cantidad era una fortuna imposible para gente como nosotros.
Era como pedirle a un pez que volara. Vendimos todo lo que teníamos de valor, un refrigerador viejo, una televisión, algunas joyas que habían sido de mi mamá. Juntamos apenas 30,000 pesos. Pedimos prestado a familiares, a amigos, a conocidos, otros 20,000. Seguíamos a luz de la cantidad que necesitábamos. Armando trabajaba doble turno. Yo limpiaba cinco casas por semana en lugar de tres. Nos matábamos trabajando, pero los números no cuadraban. La desesperación era como un animal vivo dentro de mi pecho, creciendo cada día, comiéndome por dentro.
Fue un domingo de septiembre cuando todo cambió. Habíamos ido a misa como siempre. Yo ya ni siquiera rezaba con fe, solo movía los labios por costumbre, por inercia. ¿Cómo iba a rezar cuando Dios nos había dado esta cruz imposible de cargar? Saliendo de la iglesia, alguien me llamó por mi nombre. Era Estela Ramos, una antigua compañera de la primaria que no veía hacía más de 20 años. Estela se veía próspera, ropa cara, maquillaje perfecto, cabello teñido y arreglado en un salón, no en casa.
Leave a Comment