¿Puedo dibujar en sus coches a cambio de una propina? — Cuando se reveló su dibujo, el club de carreras guardó silencio.

¿Puedo dibujar en sus coches a cambio de una propina? — Cuando se reveló su dibujo, el club de carreras guardó silencio.

—Ventura corría con los Cadena Negra —dijo.

—¿Y? —preguntó Jeff.

—Su hermano murió la misma noche que Lobo.

En el papel eran accidentes separados, en carreteras distintas. Pero los Cadena Negra habían jurado durante años que Leandro había tenido algo que ver. Mauricio jamás lo superó. Y ahora había contratado a un investigador especializado en rastrear menores fugados.

No quería a Violeta por justicia.

La quería por venganza.

Si lograba meterla otra vez al sistema, podía hacer que desapareciera dentro de él.

Cuando Don Gregorio reunió al club en la trastienda, nadie levantó demasiado la voz. El miedo verdadero casi siempre habla bajo.

—No le vamos a contar nada todavía —dijo—. La morra ya trae suficiente encima.

—¿Y si vienen por ella? —preguntó Toño.

—Entonces peleamos. Pero primero peleamos con papeles.

Toño conocía a una abogada de familia, Marta Carrillo, mujer dura, de mirada fina y voz de cuchillo afilado. La citaron en una fonda junto a la carretera. Marta escuchó todo sin interrumpir, hojeó los documentos de Leandro, revisó las quejas de la casa hogar, leyó testimonios de otros muchachos que habían salido de ahí y al final miró a Violeta directo a los ojos.

—No me digas dónde no quieres estar —le dijo—. Dime dónde quieres quedarte.

Violeta tragó saliva.

Miró a Don Gregorio. A Lucía. A Toño. A Chucho, que fingía desinterés pero no soltaba la taza de café desde que empezó la reunión.

—Aquí —dijo.

Marta asintió.

—Entonces peleamos por aquí.

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