¿Puedo dibujar en sus coches a cambio de una propina? — Cuando se reveló su dibujo, el club de carreras guardó silencio.

¿Puedo dibujar en sus coches a cambio de una propina? — Cuando se reveló su dibujo, el club de carreras guardó silencio.

Presentaron una solicitud de tutela de emergencia antes de que bienestar infantil pudiera llevársela a otro lugar. El proceso avanzó rápido porque Mauricio ya había movido sus piezas. Cuando llegó el día de la audiencia, Violeta se sentó entre Don Gregorio y Lucía con el cuaderno de dibujo apretado sobre las piernas.

El abogado del estado habló de protocolos, de riesgos, de la impropiedad de dejar a una menor bajo el cuidado de un club de motociclistas. Marta respondió con documentos. La solicitud de custodia de Leandro. Los reportes ignorados. La negligencia de la casa hogar. El historial limpio de Don Gregorio en los últimos años. La estabilidad económica de Lucía. Los hijos de Toño. El trabajo artístico de la niña. Su avance. Su estado emocional desde que llegó al taller.

Luego llamaron a Violeta.

La jueza, una mujer de cabello gris recogido con tanta severidad como su expresión, le hizo preguntas simples.

¿Cuánto tiempo llevaba en el taller?

¿Se sentía segura?

¿Qué quería?

Violeta respondió despacio, pero sin quebrarse.

Habló de Leandro. De cómo le enseñó a pintar fuego y metal. De la promesa que le hizo. De cómo los Fauces de Hierro eran lo único parecido a una familia que le quedaba. Y cuando Marta entregó el cuaderno, la jueza se quedó mirando página tras página: motos, emblemas, retratos, el rostro de Leandro una y otra vez.

Al final levantó la vista.

—Concedo tutela temporal supervisada a Gregorio Mena y residencia protegida con apoyo del club Fauces de Hierro. Habrá seguimiento. Si fallan, la niña se va.

Violeta soltó el aire como si hubiera estado conteniéndolo durante años.

Afuera del juzgado no gritó ni lloró. Solo se quedó quieta mientras Don Gregorio, incómodo como pocos hombres duros cuando toca mostrar cariño, le puso una mano pesada sobre el hombro.

—Ya no corres sola —dijo.

Cuando volvieron al taller, todo el club estaba esperando. Chucho había terminado los detalles del mural que Violeta había empezado días antes en la pared del fondo.

Ahí estaban todos los Fauces de Hierro, presentes y caídos, montando entre llamas y humo. En el centro, Leandro, inclinado sobre su moto como si el viento todavía lo obedeciera. Y detrás de él, completamente terminada esta vez, una muchacha sobre una moto pintada en trazos de luz, con el cabello suelto y los ojos al frente.

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