¿Puedo dibujar en sus coches a cambio de una propina? — Cuando se reveló su dibujo, el club de carreras guardó silencio.

¿Puedo dibujar en sus coches a cambio de una propina? — Cuando se reveló su dibujo, el club de carreras guardó silencio.

Le aventó unos pinceles y un par de latas de pintura.

—Una hora. Sin calca. Sin plantilla. A ver qué te enseñó el fantasma.

La muchacha dejó la mochila en el piso, se remangó la chamarra y se puso a trabajar sin discutir. No hizo boceto previo. No pidió referencia. Solo apoyó la mano y empezó.

Al principio los hombres fingieron seguir con lo suyo. Pero uno por uno fueron encontrando excusas para mirar. Para acercarse. Para quedarse callados.

La niña pintaba como si recordara algo con las manos.

Las líneas salían limpias. La sombra era agresiva pero controlada. El fuego parecía moverse. Y el estilo… el estilo era inconfundible.

No era copia.

Era sangre.

Cuando terminó, el taller ya estaba casi quieto. Don Gregorio se acercó despacio y pasó los dedos por el borde del tanque, sin tocar la pintura fresca.

—Lobo te enseñó esto.

Ella asintió.

—Todos los domingos, antes de morir.

Don Gregorio la miró de verdad por primera vez.

Ya no vio a una intrusa.

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