Don Gregorio se quedó quieto.
—¿Tu hermano cómo se llamaba?
—Leandro Escalante.
El taller entero se fue al silencio.
Ni música. Ni herramientas. Ni bromas. Solo el zumbido del calentador y el ruido distante de un tráiler en la carretera.
Chucho dio un paso atrás. Toño, que estaba recargado en una caja de herramienta con una cerveza en la mano, la bajó despacio. Un par de prospectos jóvenes se miraron sin entender del todo el peso del nombre. Pero los viejos sí sabían.
Leandro “Lobo” Escalante había sido uno de los Fauces de Hierro originales. Pintor, mecánico, narrador de historias, loco para correr bajo la lluvia y genio con el aerógrafo. Había muerto nueve años atrás en una carretera mojada, de regreso de una rodada nocturna. Lo enterraron con honores de club y con media docena de hombres llorando como si se les hubiera caído una pared encima.
Nadie, jamás, había mencionado una hermana.
Don Gregorio siguió con la servilleta en la mano.
—Lobo nunca nos habló de familia.
—Supongo que quería mantenerme lejos de todo esto —contestó ella—. Pero me dijo que, si algún día necesitaba ayuda, los buscara. Dijo que ustedes sabrían qué hacer.
—¿Y qué es exactamente lo que necesitas? —preguntó Toño, ya sin cerveza.
Ella vaciló apenas un instante.
Demasiado poco para cualquiera.
Suficiente para Don Gregorio.
—Trabajo —dijo al final—. Solo eso.
Era mentira. Todos lo supieron.
Pero nadie la obligó a decir más.
Chucho agarró un tanque viejo de una repisa y lo dejó sobre la mesa.
—Muy bien, pues. Si dices que pintas, enséñanos.
Leave a Comment