—Motos, cascos, guardabarros. Lo que necesiten. Lo hago por propinas.
Hubo un segundo de silencio. Luego alguien soltó una risa sorprendida, no cruel, pero sí incrédula.
Una niña de catorce años ofreciendo pintura personalizada en un taller de motociclistas veteranos era, por decirlo suave, absurdo.
Chucho sonrió apenas.
—¿Y traes portafolio, Frida Kahlo?
La niña no respondió enseguida. Metió la mano al bolsillo de la chamarra y sacó una servilleta doblada en cuatro. La abrió con cuidado, como si fuera algo frágil, y la deslizó sobre la mesa.
Chucho se inclinó.
Su sonrisa desapareció.
En la servilleta había un diseño dibujado con pluma barata, pero la mano que lo había trazado no tenía nada de barata. Era un emblema feroz: una mandíbula de hierro abierta sobre una serpiente enroscada, rodeada por llamas finas, casi vivas. En el centro, dos iniciales: LE. Y abajo, una fecha.
Don Gregorio, el más viejo del taller y el único fundador original que seguía respirando, se levantó tan rápido que la silla chilló contra el piso. Cruzó el taller en tres zancadas, agarró la servilleta y se quedó mirándola como si hubiera visto un fantasma.
Las manos le temblaban.
—¿Dónde sacaste esto? —preguntó.
La muchacha alzó la vista y no parpadeó.
—Mi hermano lo dibujó.
Leave a Comment