¿Puedo dibujar en sus coches a cambio de una propina? — Cuando se reveló su dibujo, el club de carreras guardó silencio.

¿Puedo dibujar en sus coches a cambio de una propina? — Cuando se reveló su dibujo, el club de carreras guardó silencio.

¿Puedo dibujar en sus coches a cambio de una propina? — Cuando se reveló su dibujo, el club de carreras guardó silencio.

El letrero estaba clavado torcido en un poste oxidado frente al taller, como si el viento hubiera intentado arrancarlo toda la noche y no hubiera podido. La pintura blanca se había corrido un poco con la humedad, pero todavía se leía bien:

SE BUSCA AYUDANTE PARA PINTURA Y DETALLES.
SE PAGA CON TRABAJO HONRADO.
FAUCES DE HIERRO MC.

 

No era un lugar donde una niña de catorce años entrara por error.

El taller de los Fauces de Hierro quedaba al borde del pueblo, allá donde el pavimento se rendía y empezaba la grava, donde las lámparas de la calle alumbraban por costumbre más que por eficacia. El edificio parecía sobreviviente de una guerra: láminas parchadas, ventanas opacas de tanta grasa y polvo, y un portón metálico que gemía cada vez que se abría.

Adentro olía a aceite quemado, metal caliente, café viejo y humo de cigarro. Sonaba rock clásico desde una bocina con cinta adhesiva y, entre canción y canción, el choque de las llaves, los insultos cariñosos y las carcajadas roncas de hombres que llevaban más años sobre una moto que sentados a una mesa.

Fue por eso que, cuando la puerta se abrió y apareció aquella muchachita flaca con una mochila gastada y tenis reventados, el ruido no se detuvo, pero sí cambió de forma.

Se hizo más atento.

Más corto.

El primero en verla fue Chucho, que estaba inclinado sobre un tanque de gasolina pintando unas flamas verdes con pincel finísimo. Levantó la vista, entrecerró los ojos y soltó:

—¿Te perdiste, morra?

Ella negó con la cabeza.

Llevaba el cabello recogido en una cola mal hecha, una chamarra dos tallas más grande y una expresión que mezclaba cansancio con una clase rara de valentía. No la valentía ruidosa, sino la que nace cuando ya no te queda otro lugar a dónde ir.

Dio dos pasos hacia adentro y dejó la mochila junto a un banco de trabajo.

—Puedo pintar —dijo.

Su voz era baja, pero firme.

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