Pero en 2024, 12 años después de aquella mañana de abril, cuando los Salazar subieron a su camioneta roja, algo cambió. Latecnología había avanzado. Los drones, que antes eran herramientas caras y poco accesibles, ahora eran comunes. Organizaciones civiles comenzaron a utilizarlos para buscar fosas clandestinas y rastros de desaparecidos en zonas difíciles de alcanzar.
Y fue precisamente uno de esos drones el que sobrevoló una zona remota al sureste de Cuatro Ciénegas, cerca de la ruta que los Salazar habían tomado hacía más de una década. El operador del dron, un joven voluntario llamado Daniel, que colaboraba con un colectivo de búsqueda, revisaba las imágenes en su computadora.
Montañas áridas, matorrales densos, terreno irregular, nada fuera de lo común. hasta que vio algo entre la vegetación espesa, casi completamente cubierto por arbustos y tierra, había un destello metálico, algo oxidado, algo rojo. Daniel amplió la imagen. Su corazón comenzó a latir más rápido. Era una camioneta vieja, oxidada, enterrada entre los matorrales, como si alguien hubiera intentado ocultarla del liberadamente, o como si el desierto finalmente estuviera revelando su secreto. Daniel se quedó mirando la
pantalla durante varios segundos sin poder creer lo que veía. Había estado operando drones para el colectivo durante casi un año, sobrevolando decenas de zonas en busca de indicios que ayudaran a familias de desaparecidos. Había encontrado cosas antes, restos de fogatas, campamentos abandonados, basura dispersa, pero nunca algo como esto.
Guardó las coordenadas exactas del punto y tomó capturas de pantalla desde varios ángulos. Luego llamó a Mónica, la coordinadora del colectivo. “Encontré algo”, dijo con voz temblorosa. “Creo que es un vehículo. Está casi completamente cubierto, pero se ve la estructura metálica y parece parece rojo.” Mónica le pidió que le enviara las imágenes de inmediato.
Cuando las recibió, sintió un escalofrío. Llevaba años trabajando con familias de desaparecidos y había aprendido que cualquier hallazgo podía ser crucial. “No toques nada más”, le dijo a Daniel. “Voy a contactar a las autoridades, pero también voy a revisar nuestra base de datos de vehículos reportados. Dame un momento.
” El colectivo mantenía registros detallados de casos de desapariciones en toda la región, incluyendo descripciones de vehículos. Mónica buscó por modelo, color y zona y ahí estaba. Camioneta Ford, modelo 1998, color rojo, placas de Coahuila, familia Salazar. Desaparecidos desde el 14 de abril de 2012, 12 años, más de una década sin respuestas.
Mónica sintió un nudo en la garganta. Había leído el caso antes, pero como tantos otros parecía destinado a quedar sin resolver. Ahora, por primera vez en 12 años había una pista concreta. Llamó inmediatamente a la Fiscalía Estatal. Al principio, como siempre, encontró indiferencia. “Tendrían que levantar un reporte”, le dijeron.
Y luego se programa una diligencia. Puede tardar semanas. Mónica perdió la paciencia. Escúcheme bien. Tenemos las coordenadas exactas de un vehículo que lleva 12 años desaparecido. Hay una familia que ha esperado respuestas durante 12 años. Si ustedes no van, nosotros vamos solos y lo documentamos todo. Y cuando la prensa se entere de que las autoridades ignoraron esto, ¿quién cree que va a quedar mal? La amenaza funcionó.
Dos días después, un equipo de la fiscalía acompañado por elementos de búsqueda se dirigió a las coordenadas proporcionadas por Daniel. Mónica y otros miembros del colectivo los acompañaron. Querían asegurarse de que todo se hiciera correctamente. El lugar era remoto, a casi 25 km del camino principal. Para llegar tuvieron que dejar los vehículos y caminar casi 2 km entre matorrales espinosos y terreno rocoso.
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