Doña Carmen, junto con decenas de otros familiares de desaparecidos, viajó al lugar. Querían saber si entre esos restos estaban sus seres queridos. Fue una escena desgarradora. Madres, esposas, hijos. Todos con fotos en las manos, preguntando, rogando, esperando alguna respuesta. El proceso de identificación fue lento y caótico.
Tomaron muestras de ADN de los familiares, pero los resultados tardaron meses en llegar. Cuando finalmente llegaron, doña Carmen recibió una llamada. Su corazón latió con fuerza. Tal vez finalmente tendría una respuesta, pero la respuesta fue negativa. Ninguno de los restos correspondía a los Salazar. Doña Carmen no supo si sentir alivio o desesperación.
Por un lado, significaba que tal vez seguían vivos. Por otro significaba que el misterio continuaba. Para 2017, 5 años después de la desaparición, el caso estaba prácticamente olvidado. El expediente en la comandancia seguía archivado, cubierto de polvo. Ningún funcionario lo había revisado en años y aunque la familia seguía insistiendo, la respuesta era siempre la misma.
No hay nuevas pistas, no podemos hacer nada. México atravesaba una crisis de desapariciones sin precedentes. Más de 40,000 personas desaparecidas en todo el país, según las cifras oficiales, y la cifra real probablemente era mucho mayor. El sistema de justicia estaba colapsado, las familias quedaban abandonadas a su suerte.
Doña Carmen, ya con más de 70 años y la salud deteriorada, seguía viviendo en la casa de su hija. Los primos de Elisa le sugerían que se fuera a vivir con ellos a Monclova, que no tenía sentido que se quedara sola en aquel lugar lleno de recuerdos dolorosos. Pero ella se negaba. Si ellos regresan, quiero estar aquí para recibirlos. decía.
Don Martín y don Vicente la visitaban regularmente, le llevaban despensa, le ayudaban con las reparaciones de la casa, se sentaban con ella en el portal a compartir un café y un silencio cómplice. Ellos también seguían pensando en los Salazar. Seguían esperando un milagro. En 2019, 7 años después, doña Carmen sufrió un infarto.
Fue hospitalizada en Monclova y durante semanas los médicos no estaban seguros de que sobreviviría, pero sobrevivió. Aunque quedó más débil, más frágil. Los primos de Elisa insistieron en que no podía volver alegido. Esta vez ella aceptó. Se fue a vivir con ellos, pero con una condición, que no vendieran la casa. Es la casa de mi hija”, dijo.
“Nadie más puede vivir ahí.” La casa quedó cerrada, vigilada ocasionalmente por don Martín. Las gallinas ya no estaban. El patio se llenó de maleza. Las paredes de adobe comenzaron a agrietarse. Pero ahí seguía, como un monumento silencioso, a una familia que un día existió y luego simplemente desapareció.
Para 2020, 8 años después, las búsquedas ya eran prácticamente inexistentes. La pandemia de COVID-19 paralizó al mundo y casos como el de los Salazar quedaron aún más relegados. Las oficinas gubernamentales cerraron, las diligencias se suspendieron y las familias de desaparecidos quedaron completamente en el olvido. Pero doña Carmen seguía encendiendo una veladora cada sábado, el día en que su familia desapareció.
Rezaba el rosario, miraba las fotos viejas y susurraba, “No los he olvidado. Nunca los olvidaré.” Los años seguían pasando. 2021, 2022, 2023. Cada año que transcurría hacía que la esperanza fuera más difícil de sostener. Algunos familiares empezaron a aceptar que probablemente nunca sabrían la verdad, que los Salazar se habían unido a las miles de personas que desaparecen en México y nunca vuelven a ser encontradas.
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