Pero las velas se consumieron solas y la casa permaneció en silencio. En diciembre, durante las fiestas navideñas, elegido se llenó de luces y música. Las familias se reunían para las posadas. Los niños rompían piñatas y el olor a ponche y buñuelos llenaba el aire. Pero la casa de los Salazar permanecía a oscuras. Doña Carmen se negaba a celebrar.
¿Cómo voy a festejar si no sé si mi hija está viva o muerta? Decía con voz quebrada. Los vecinos intentaban consolarla, le llevaban comida, la invitaban a las misas, se sentaban con ella en las tardes largas, pero todos sabían que no había palabras suficientes para aliviar ese tipo de dolor. Al segundo año, algo comenzó a cambiar.
No es que el dolor disminuyera, sino que la familia aprendió a vivir con él. Es un proceso que nadie elige, pero que eventualmente ocurre. El cuerpo se adapta, la mente encuentra formas de seguir funcionando y la vida de alguna manera continúa. Don Martín y don Vicente dejaron de buscar activamente, pero nunca dejaron de preguntar.
Cada vez que viajaban a otro pueblo, mostraban las fotos de los Salazar. Cada vez que escuchaban rumores sobre fosas clandestinas descubiertas en la región, llamaban a las autoridades para preguntar si habían identificado a alguien. La respuesta siempre era la misma. No lo sentimos. Doña Carmen envejeció rápidamente. El dolor y la incertidumbre la consumieron.
Su cabello, que aún tenía mechones oscuros cuando desapareció su hija, se volvió completamente blanco en menos de 3 años. Desarrolló problemas del corazón y los médicos le advirtieron que el estrés la estaba matando lentamente. Pero ella no podía dejar de pensar en su familia, no podía dejar de imaginar qué les había pasado.
¿Sufrieron?, se preguntaba en voz alta durante las noches. Sintieron miedo. Pensaron en mí antes de Pero nunca terminaba la frase, no podía. Para el tercer año, algunos vecinos comenzaron a murmurar que tal vez era hora de aceptar la realidad. “Ya pasaron 3 años”, decían. “Si estuvieran vivos, ya hubieran dado alguna señal”. Pero doña Carmen se negaba a escuchar.
“Hasta que no vea sus cuerpos, yo sigo esperando”, respondía con firmeza. Y así los años siguieron pasando. Elegido cambió. Algunas familias se fueronbuscando oportunidades en las ciudades o huyendo de la inseguridad. Nuevas familias llegaron, personas que no conocían la historia de los Salazar. Para ellos la casa vacía era solo eso, una casa vacía.
No sabían que ahí habían vivido personas con sueños, con rutinas, con amor. La primaria donde estudiaba Lucía inauguró una placa en su memoria. Era una placa sencilla de madera, con su nombre y una frase: Lucía Salazar, alumna ejemplar, te recordamos con cariño. Doña Graciela, su maestra, la colocó en el patio de la escuela durante una ceremonia pequeña.
Doña Carmen asistió. sostenida por los brazos de don Martín y don Vicente, lloró en silencio mientras los niños cantaban una canción. Fue uno de los pocos reconocimientos públicos que la familia tuvo. Para el resto del mundo, los Salazar eran solo un número más en las estadísticas de desapariciones en México.
Un número que seguía creciendo año tras año. En 2015, 3 años después de la desaparición, ocurrió algo que volvió a remover el dolor. Las autoridades descubrieron una fosa clandestina cerca de Allende a unos 80 km de el ejido. Encontraron restos de más de 50 personas. La noticia sacudió a todo el estado.
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