El caso de los Salazar era solo uno más en una lista interminable. El procurador habló de líneas de investigación y esfuerzos coordinados, pero todo sonaba hueco. Las familias que asistieron a la conferencia, incluida doña Carmen, salieron con más rabia que esperanza. “Líneas de investigación no han hecho nada”, gritó uno de los primos de Elisa.
“Mi prima y su familia siguen desaparecidos y ustedes solo nos dan palabras vacías.” Pero las palabras vacías eran todo lo que recibían. En elido, la vida continuaba, pero con una sombra permanente. Los vecinos evitaban hablar del tema frente a doña Carmen, que seguía viviendo en la casa de su hija.
Cada objeto en esa casa era un recordatorio doloroso. Taza de café de don Héctor todavía en la mesa, el cuaderno de Lucía con dibujos a medio terminar, la chamarra de mezclilla de Ramiro colgada en un clavo junto a la puerta. Doña Carmen no movió nada. Mantenía la casa tal como la habían dejado, como si en cualquier momento fueran a regresar y todo volviera a la normalidad.
Pero en el fondo de su corazón sabía que eso no iba a pasar. A los se meses de la desaparición, Don Chu y su equipo suspendieron la búsqueda activa. Habían recorrido cientos de kilómetros cuadrados sin encontrar nada más que aquel pedazo de tela. No tenían más recursos y el desierto es demasiadovasto para seguir buscando sin una pista concreta.
Lo siento, doña Carmen, dijo don Chuy. la última vez que la visitó. Hicimos todo lo que pudimos, pero esto es como buscar una aguja en un pajar. Si hubiera algo que encontrar, ya lo habríamos encontrado. Doña Carmen asintió en silencio. No le guardó rencor. Sabía que don Chuy había dado todo de sí. El problema no era la falta de esfuerzo, el problema era que el desierto es implacable y los secretos que guarda no los suelta fácilmente.
Los familiares siguieron haciendo lo que podían. se unieron a colectivos de familiares de desaparecidos, organizaciones que nacían en aquellos años como respuesta a la inacción del gobierno. Asistieron a marchas, a plantones frente a oficinas gubernamentales. Gritaron junto a cientos de otras personas que también buscaban a sus seres queridos.
Pero conforme pasaba el tiempo, la atención mediática disminuyó. Los carteles con las fotos de los Salazar comenzaron a despegarse de los postes borrados por la lluvia y el sol. Las llamadas a las autoridades se hicieron menos frecuentes y aunque la familia nunca dejó de buscar, la búsqueda se volvió menos intensa, menos organizada.
La realidad comenzó a imponerse. Tal vez nunca sabrían qué había pasado. En la comandancia de cuatro ciénas, el expediente de los Salazar fue archivado junto a decenas de otros casos sin resolver. Un folder amarillento con algunas fotos, un reporte mal escrito y nada más. Sin seguimiento, sin justicia, sin respuestas.
Y en algún lugar del desierto, entre los cerros bajos y los matorrales, la camioneta roja seguía ahí, invisible, olvidada, esperando. Los Salazar se habían convertido en un nombre más en la larga lista de desaparecidos de Coahuila. Una estadística, un número. Y aunque sus seres queridos seguían aferrándose a la esperanza, el mundo seguía girando sin ellos.
Pero el desierto guarda sus secretos solo por un tiempo y 12 años después alguien finalmente encontraría lo que todos habían buscado. Hay algo particularmente cruel en la forma en que el tiempo pasa cuando alguien desaparece. No es como la muerte donde hay un cierre, un funeral, un lugar para llorar. La desaparición es un duelo suspendido, una herida que nunca termina de sanar porque nunca termina de abrirse.
Y para la familia Salazar, los años que siguieron fueron exactamente eso, un dolor constante, sin alivio, sin respuestas. El primer año fue el más duro. Cada fecha significativa se convirtió en una tortura. El cumpleaños de Lucía llegó en julio, se meses después de la desaparición. Doña Carmen preparó un pastel pequeño, como si la niña fuera a volver en cualquier momento para apagar las velas.
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