El sol pegaba con fuerza y el silencio del desierto era absoluto, interrumpido solo por el crujir de las botas sobre la tierra seca. Daniel iba adelante siguiendo las coordenadas en su GPS. “Está cerca”, dijo, “Muy cerca.” Y entonces lo vieron. Entre un grupo denso de gobernadora y huisches, casi completamente oculto por la vegetación que había crecido durante años, estaba la camioneta.
La pintura roja, en su mayoría desprendida, dejaba ver el metal oxidado. Las llantas estaban desinfladas y cubiertas de tierra. El parabrisas estaba roto con telarañas y polvo cubriendo el interior. La naturaleza había empezado a reclamar el vehículo como si quisiera borrarlo de la existencia, pero ahí estaba.
Después de 12 años, uno de los peritos se acercó con cuidado, documentando cada paso con fotografías. Revisó las placas. Aunque estaban oxidadas y apenas legibles, los números coincidían con los del reporte. La camioneta de don Héctor Salazar. Es ella, confirmó el perito en voz baja. Es la camioneta que estamos buscando.
Mónica sintió que las piernas le temblaban, sacó su teléfono y llamó a uno de los primos de doña Elisa, que seguía en contacto con el colectivo. “La encontramos”, dijo con voz entrecortada. Encontramos la camioneta. Del otro ladode la línea hubo un silencio largo, luego un soyo. El equipo forense comenzó a trabajar.
Acordonaron el área, tomaron fotografías desde todos los ángulos y luego iniciaron la inspección del interior. La puerta del conductor estaba ligeramente abierta, trabada por la tierra y la maleza. La forzaron con cuidado. Dentro. El tiempo había hecho su trabajo. Los asientos estaban descoloridos, rotos, con el relleno expuesto, el volante cubierto de polvo.
En el piso había objetos dispersos, una botella de agua vacía, un termo viejo, zapatos y en el asiento trasero algo que hizo que todos contuvieran la respiración. Una mochila pequeña de color rosa con calcomanías de mariposas. Uno de los investigadores la abrió con guantes. Dentro había cuadernos escolares, lápices de colores y una identificación de la escuela primaria.
El nombre en la identificación era claro, Lucía Salazar. Mónica se llevó las manos a la cara. Era real. Todo era real. La familia había estado ahí. Habían llegado a ese lugar y algo terrible les había pasado. Pero había algo que no cuadraba. Los investigadores revisaron cada centímetro del vehículo buscando restos humanos, sangre, cualquier indicio de lo que había ocurrido.
No encontraron nada, ni un solo rastro de los cuatro miembros de la familia, ni huesos, ni ropa, nada. ¿Dónde están? Murmuró uno de los peritos. Si la camioneta está aquí, ¿dónde están ellos? Ampliaron el perímetro de búsqueda con perros entrenados. con sondas, con detectores de metales. Revisaron un radio de 500 m alrededor de la camioneta.
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