Otros sugerían que quizás habían sido víctimas de un asalto que salió mal. Había incluso quienes susurraban que tal vez don Héctor había visto algo que no debía, aunque nadie podía imaginar qué. Pero todas eran solo especulaciones. Nadie sabía nada con certeza. A las dos semanas de la desaparición, un comandante de la Procuraduría Estatal visitó el ejido.
Hizo algunas preguntas rutinarias, tomó fotos de la casa de los Salazar y prometió que harían todo lo posible por encontrarlos, pero su tono era monótono, casi mecánico. Los familiares sintieron que era solo un trámite más, otro expediente que se acumularía en algún archivo polvoriento. ¿Van a buscar con helicópteros, con perros?”, preguntó uno de los primos de doña Elisa.
El comandante negó con la cabeza. “No contamos con esos recursos en este momento, pero mantendremos la alerta en los retenes carreteros. Si alguien los ve, nos informarán.” Y con eso se fue. La familia quedó nuevamente sola con el dolor creciendo y la esperanza desvaneciéndose lentamente. Don Martín y don Vicente siguieron buscando por su cuenta durante meses.
Visitaron hospitales, morgues, refugios. Pegaron carteles con las fotos de los Salazar en postes, tiendas y cruces carreteros. ¿Los han visto?, preguntaban una y otra vez, pero las respuestas eran siempre las mismas. No, lo siento, ojalá los encuentren. Mientras tanto, en algún lugar del desierto de Coahuila, bajo el sol implacable y entre los matorrales espinosos, la camioneta Ford Roja permanecía oculta, oxidándose lentamente, guardando secretos que nadie conocía todavía.
Y los Salazar seguían desaparecidos. Los primeros meses después de la desaparición fueron los más intensos. La familia se negaba a aceptar que los Salazar simplemente se hubieran esfumado. Tenía que haber una explicación, tenía que haber un rastro, por pequeño que fuera, y estaban dispuestos a encontrarlo, aunque eso significara recorrer cada centímetro de aquel territorio hostil.
Doña Carmen vendió dos cabras y un terreno pequeño que tenía cerca de su rancho para financiar la búsqueda. Con ese dinero, los primos de doña Elisa contrataron a un grupo de rastreadores locales, hombres que conocían el desierto como la palma de su mano. Eran rancheros curtidos, acostumbrados a seguir huellas de ganado perdido y a sobrevivir días enteros bajo el sol, sin más que un morral y una cantimplora.
El equipo estaba liderado por Don Chui, un hombre de casi 60 años, delgado como un mezquite, con la piel tostada por décadas de trabajo a la intemperie.Lonchuy no hablaba mucho, pero cuando lo hacía la gente escuchaba. Había encontrado a más de una persona perdida en aquellas tierras. Y aunque generalmente se dedicaba a buscar ganado, aceptó el trabajo sin dudar.
Nadie merece desaparecer así. dijo al estrechar la mano de don Martín. Durante tres semanas, don Chuy y su equipo peinaron la zona entre el ejido y el rancho de doña Carmen. Dividieron el territorio en cuadrantes y lo recorrieron a pie, a caballo y en camionetas adaptadas para el terreno irregular.
Revisaron cada camino secundario, cada vereda de cabras, cada arroyo seco. Buscaban señales, llantas, fragmentos de ropa, objetos personales, cualquier cosa que indicara que los Salazar habían pasado por ahí. Pero el desierto es cruel con los secretos que guarda. El viento borra las huellas, la arena cubre todo y los matorrales crecen tan densos en algunas zonas que se vuelve casi imposible ver más allá de unos pocos metros.
Leave a Comment