El camino estaba tal como siempre, polvoriento, solitario, bordeado deches y gobernadora. Los hombres avanzaban despacio, con los ojos clavados en ambos lados del camino, buscando señales de un accidente, huellas de frenado, fragmentos de metal, cualquier cosa, pero no encontraron nada, ni una sola marca que indicara que algo hubiera salido mal.
Llegaron al rancho de doña Carmen pasado el mediodía. La anciana salió a recibirlos con el rostro desencajado. Los encontraron. preguntó antes de que pudieran bajar del vehículo. Don Vicente negó con la cabeza. No, doña Carmen, no hay rastro de ellos en el camino. Doña Carmen rompió en llanto. Mi hija, mis nietos, ¿dónde están? Soyloosaba mientras se aferraba al brazo de don Martín.
Los hombres intentaron consolarla, pero las palabras se sentían vacías. decidieron regresar al ejido y reportar la desaparición a las autoridades. Ya no podían esperar más. Esa misma tarde, don Martín y don Vicente se presentaron en la comandancia municipal de cuatro ciénegas. El oficial de guardia, un hombre de unos 30 años con uniforme arrugado, los escuchó con expresión aburrida.
“¿Y hace cuánto que no los ven?”, preguntó sin levantar la vista de un cuaderno. Desde el sábado en la mañana, respondió don Martín. Salieron a visitar a un familiar y nunca llegaron. Ya recorrimos el camino y no hay señales de accidente. El oficial suspiró. Miren, es probable que se hayan quedado en otro lugar.
A veces la gente cambia de planes y no avisa. Denme hasta mañana. Si para entonces no aparecen, levantamos el reporte oficial. Don Vicente apretó los puños. No entiende, oficial. Esta familia no desaparece así nada más. Algo malo pasó, pero el oficial ya había perdido interés. Regresen mañana, repitió y volvió a su papeleo. Los hombres salieron de la comandancia con una mezcla de frustración e impotencia.
Sabían que en aquellos tiempos las desapariciones eran tratadas con indiferencia por las autoridades. Había demasiados casos, demasiadas familias buscando a sus seres queridos y muy pocas respuestas. Al día siguiente, elmartes 17 de abril, don Martín regresó a la comandancia acompañado de dos primos de doña Elisa, que habían viajado desde Monclova al enterarse de la noticia.
Esta vez el oficial no tuvo más remedio que levantar el reporte. Tomó los datos básicos, nombres, edades, descripción física de cada miembro de la familia y las características de la camioneta Ford Roja, modelo 1998, con placas de Coahuila. ¿Y ahora qué sigue?, preguntó uno de los primos. Se envía la información a la Procuraduría Estatal.
Ellos se encargan de la investigación”, respondió el oficial sin mucho entusiasmo. “Mientras tanto, ustedes pueden seguir buscando por su cuenta. Si encuentran algo, repórtenlo de inmediato.” Y con eso la familia quedó en el limbo sin respuestas, sin apoyo, solo con la angustia creciendo en el pecho y la certeza de que algo terrible había ocurrido.
Durante los días siguientes, los vecinos de elegido organizaron brigadas de búsqueda. Recorrieron el camino hacia el Saus una y otra vez, esta vez explorando también los alrededores. Se internaron entre los matorrales, revisaron barrancos, preguntaron en ranchos cercanos. Algunos pastores de cabras dijeron haber visto una camioneta roja pasar el sábado por la mañana, pero nada más.
Nadie recordaba haberla visto regresar. En elido, la ausencia de los Salazar era palpable. Su casa permanecía cerrada. Las gallinas habían sido recogidas por don Martín para cuidarlas y un silencio pesado se había instalado en el lugar. Los niños que jugaban con Lucía preguntaban por ella. ¿Cuándo va a volver? Le preguntaron a doña Graciela, la maestra de la primaria.
Ella no supo qué responder. Doña Carmen, devastada, viajó eljido y se instaló en la casa de su hija. Pasaba las horas sentada en el portal, mirando el camino de tierra, como si en cualquier momento la camioneta roja fuera a aparecer levantando polvo. Rezaba el rosario cada noche, aferrada a la esperanza de que estuvieran vivos.
“Dios mío, devuélvemelos”, murmuraba entre lágrimas. Pero los días pasaban y no había noticias, ninguna llamada de rescate, ningún cuerpo encontrado, ninguna pista. Era como si la tierra se los hubiera tragado. Las teorías comenzaron a circular. Algunos decían que tal vez los habían confundido con alguien más, que un grupo armado los había interceptado en el camino creyendo que transportaban algo de valor.
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