Familia campesina desapareció en Coahuila, 12 años después un dron captó su camioneta oxidada entre…

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Pero ese día tenía algo especial para los Salazar. Iban a visitar a la abuela materna de Lucía, que vivía en un rancho alejado, a unos 60 km al sureste, cerca de la sierra. Doña Elisa llevaba semanas planeando el viaje. Su madre, doña Carmen, estaba enferma de diabetes y hacía meses que no la veía. Quería llevarle medicinas, algo de comida y pasar el día con ella.

Esa mañana, doña Elisa preparó un guisado de carne con papas, tortillas recién hechas y un termo con café. Lucía estaba emocionada, adoraba a su abuela y siempre volvía de esas visitas con dulces caseros y cuentos del pasado. Ramiro, aunque prefería quedarse ayudando en el campo, aceptó acompañarlos por petición de su padre.

Es importante que estemos todos juntos”, le dijo don Héctor mientras cargaba las bolsas en la caja de la camioneta. Alrededor de las 9 de la mañana, los cuatro abordaron la Ford Roja, don Héctor al volante, doña Elisa en el asiento del copiloto y los dos jóvenes atrás. Un vecino, don Martín, los vio partir.

Más tarde declaró a las autoridades que Héctor le había dicho, “Vamos al rancho de doña Carmen. Si todo sale bien, regresamos antes del anochecer.” Pero nunca regresaron. El camino hacia el rancho de doña Carmen no era fácil. Primero había que tomar la carretera estatal, luego desviarse por un camino de terracería que serpenteaba entre cerros bajos y vegetación espinosa.

No había señal de celular en la mayor parte del trayecto, tampoco había muchas casas. Era un territorio silencioso donde solo se escuchaba el viento y de vez en cuando el aullido de un coyote. Los Salazar conocían bien esa ruta, la habían recorrido decenas de veces. No era peligrosa en sí misma, pero sí solitaria. Y en aquellos años, Coahuila atravesaba una época oscura.

El crimen organizado operaba en las sombras. Los enfrentamientos entre grupos rivales eran frecuentes y las desapariciones comenzaban a volverse tristemente comunes. Aunque la mayoríade las familias campesinas intentaban mantenerse al margen, el miedo siempre estaba ahí, como una sombra que no se iba. Don Héctor y doña Elisa lo sabían.

Por eso siempre viajaban de día, por eso nunca se detenían en lugares desconocidos. Y por eso, cuando salieron esa mañana, nadie imaginó que algo podría salir mal. El rancho de doña Carmen estaba ubicado en una zona llamada El Saus, un nombre que aparecía apenas en los mapas. Era un lugar de unas cuantas casas dispersas, corrales viejos y tierras áridas que solo los más tercos intentaban cultivar.

Doña Carmen vivía sola desde la muerte de su esposo años atrás. Sus otros hijos se habían ido a trabajar a Monterrey y Saltillo y solo Elisa mantenía el contacto constante. Ese sábado, doña Carmen esperó a su hija durante todo el día. Preparó agua fresca, barrió el patio y puso una silla bajo la sombra de un mezquite desde donde podía ver el camino de tierra que llevaba a su casa.

Pasaron las horas, el sol comenzó a caer y la camioneta roja nunca apareció. Al principio, doña Carmen pensó que tal vez habían tenido un contratiempo, una llanta ponchada, algún problema con el motor, cosas que pasaban. Pero cuando cayó la noche y el silencio del desierto se volvió absoluto, un nudo de angustia comenzó a formarse en su pecho.

Al día siguiente, doña Carmen caminó hasta la casa de un vecino que tenía teléfono y llamó al ejido donde vivían los Salazar. Habló con don Martín, el mismo vecino que los había visto partir. “¿Ya llegaron?”, preguntó con voz temblorosa. “No, doña Carmen, no han vuelto”, respondió él. Y en ese momento ambos supieron que algo terrible había ocurrido.

La noticia de que los Salazar no habían llegado a su destino se extendió por elegido como pólvora. Don Martín fue el primero en tocar puertas, preguntando si alguien los había visto regresar. Nadie tenía información. La casa de los Salazar estaba cerrada. Las gallinas cacareaban en el patio sin que nadie les diera de comer y la camioneta roja seguía sin aparecer.

Para el lunes por la mañana la preocupación ya era generalizada. Un grupo de vecinos se reunió frente a la casa de los Salazar. Entre ellos estaba don Vicente, un hombre mayor que había conocido a Héctor desde niño. Esto no está bien, dijo con voz grave. Héctor nunca dejaría su casa sola tanto tiempo y menos con los animales sin atender.

Alguien propuso ir a buscarlos por el camino. Tal vez habían tenido un accidente. Tal vez la camioneta se había volcado en alguna curva y estaban heridos esperando ayuda. Era una posibilidad aterradora, pero al menos ofrecía una explicación lógica. Cuatro hombres de elegido, incluidos don Martín y don Vicente, subieron a una camioneta y salieron hacia el Saus, siguiendo la misma ruta que los Salazar habían tomado dos días antes.

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