—Usted es el de la casa grandota, ¿verdad?
Santiago sintió una incomodidad extraña.
—Sí… supongo que sí.
—¿Tiene alberca?
—Sí.
—¿Y cine?
—También.
Mateo abrió la boca, impresionado. Luego dijo algo tan simple que desarmó por completo la escena.
—Debe sentirse bien vivir ahí.
Santiago tardó en responder. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de la respuesta.
Lupita quiso cambiar de tema.
—Mateo, tómate el jugo.
Pero Santiago seguía mirando el pan intacto.
—¿No te gusta?
El niño miró a su madre antes de hablar.
—Sí me gusta… pero estoy guardando un pedacito.
—¿Para después?
Mateo negó con la cabeza.
—Para mi mamá.
El aire de la cocina cambió.
Santiago volvió a mirar a Lupita, y en ese rostro sereno descubrió algo que no había querido ver: cansancio. Un cansancio antiguo, profundo, sostenido a pura voluntad.
—¿Usted no desayuna? —preguntó él.
—A veces sí —contestó ella.
Mateo intervino con la crueldad inocente de la verdad.
—A veces mi mamá dice que ya comió en su casa, pero no es cierto.
Lupita cerró los ojos un segundo.
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