Lupita bajó la mirada hacia la bandeja, luego volvió a verlo con una mezcla de nerviosismo y vergüenza. Santiago también miró la bandeja.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo él—. ¿Para quién es ese desayuno?
Lupita dudó apenas un instante.
Y entonces, desde dentro de la casa, se escuchó una voz infantil.
—¡Mamá! ¿Ya llegó?
Santiago sintió un pequeño golpe en el pecho.
Lupita respiró hondo, como si en ese segundo entendiera que ya no podía ocultar nada.
—Pase, señor.
Él entró.
La casa era diminuta comparada con su mansión, pero estaba impecable. Había una mesa de madera en el centro, dos sillas, un sofá gastado, un estante con cuadernos y colores, y una ventana con dibujos infantiles pegados en el vidrio. Todo olía a café, jabón y esfuerzo.
Sentado junto a la mesa estaba un niño de unos siete años, moreno, delgado, con ojos grandes y atentos. No parecía asustado, solo curioso.
—Mateo —dijo Lupita con suavidad—, él es mi jefe.
El niño observó a Santiago de arriba abajo y luego soltó, con absoluta sinceridad:
—Se ve muy elegante.
Santiago sonrió por reflejo.
—Gracias.
Lupita le entregó el jugo al niño. Mateo lo tomó con ambas manos y bebió un trago largo. Santiago notó entonces que el pan estaba partido en dos, y que una mitad quedaba intacta en el plato.
—No sabía que tenía un hijo —dijo él.
—Sí, señor —respondió Lupita—. Es lo más importante que tengo.
Mateo levantó la mano con una timidez encantadora.
—Hola.
—Hola, Mateo.
El niño lo siguió mirando con total libertad.
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