La primera noche que se atrevió a entrar al cuarto oscuro de Alejandro fue porque escuchó un golpe seco, como si algo hubiera caído.
Llevaba escondido en la bolsa del uniforme un pedazo de pechuga empanizada y unas tortillas de la comida que no alcanzó a comerse en el descanso. Abrió despacio. El cuarto olía a encierro, a medicina rancia y a abandono. La lámpara estaba apagada. Solo una rendija de luz se colaba entre las cortinas.
—Señor Alejandro… soy yo, Mariana —susurró.
Él estaba acostado de lado, inmóvil, con la mirada perdida en el techo. Tenía la barba crecida y los labios partidos.
—Le traje un poco de mi comida —dijo ella, acercándose—. No pueden tenerlo aquí así… en la oscuridad.
No hubo respuesta. Solo un parpadeo lento.
Mariana se sentó al borde de la cama, temblando.
—Mi familia está llena de deudas —murmuró, sin saber por qué empezó a hablarle—. Vamos a perder la casa. Yo odio este lugar. Odio cómo lo tratan a usted. Pero no puedo irme… porque mi mamá se queda en la calle.
Al inclinarse, vio una lágrima correr por la sien de Alejandro.
Se quedó helada.
—¿Usted… me entiende?
Los ojos de Alejandro se humedecieron más.
Mariana le acomodó la almohada y, con cuidado, le acercó pequeños trozos de comida a la boca. Él tragó con dificultad.
—Yo voy a cuidarlo —prometió—. Aunque sea poquito. Nadie merece sufrir así.
Desde aquella noche, la habitación del ala norte se convirtió en el único lugar donde Mariana sentía paz. Durante el día soportaba insultos.
—Limpia bien esa esquina. No te pago para que seas floja.
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