El millonario fingió estar paralizado para poner a prueba la lealtad de su prometida… ¡y la criada lo cambió todo!

El millonario fingió estar paralizado para poner a prueba la lealtad de su prometida… ¡y la criada lo cambió todo!

—Más rápido, muerta de hambre.

—Trae hielo, pero no respires tan fuerte, me desesperas.

Por la noche subía en silencio con parte de su cena, un vaso de agua, a veces una cobija limpia. Le hablaba de su madre, de su hermano que quería ser mecánico, de la lluvia sobre las azoteas de Iztapalapa, de lo mucho que le dolían los brazos. Alejandro no respondía. Pero sus ojos la seguían. Y eso bastaba.

Una madrugada, mientras retiraba copas vacías del despacho, escuchó a Esteban decir entre risas:

—Brindemos por tu nueva cuenta bancaria.

Valeria chocó su copa con la de él.

—Y por el viejo idiota allá arriba.

Mariana sintió náuseas.

Días después, Valeria la sorprendió mirando el refrigerador.

—Escúchame bien —le dijo, acercando su cara maquillada hasta casi tocarla—. Está prohibido darle agua o comida a ese inútil del cuarto. Si se muere, mejor. Es un problema menos.

Mariana sintió que la sangre se le iba a los pies.

—Pero, señora… se puede morir de hambre…

Valeria sonrió.

—Ese sería el mejor favor que me haría.

Aquella noche Mariana lloró mientras subía las escaleras con una servilleta llena de arroz y pollo escondida debajo del suéter. Al entrar al cuarto, habló en voz baja.

—No podemos rendirnos, ¿verdad? Aunque usted no pueda contestar… yo sé que escucha.

Alejandro volvió a llorar.

Mariana le tomó la mano.

—Aquí es el único lugar de esta casa donde no me siento basura.

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