El periodista no interrumpió.
—Y aun así… permitió que Ernesto fuera.
Pausa.
—Sin el apoyo que realmente necesitaba.
—
El aire se volvió denso.
Casi irrespirable.
—
—¿Está diciendo… que lo dejó solo? —preguntó finalmente el periodista.
Aleida lo miró.
Directamente.
—Estoy diciendo… que no hizo todo lo posible por evitarlo.
—
Silencio.
Largo.
Pesado.
—
—Ernesto confiaba —añadió—. Siempre confió en que, pase lo que pase… Cuba no lo abandonaría.
Sus ojos brillaron.
—Pero en Bolivia… estuvo más solo de lo que el mundo imagina.
—
Durante décadas, la versión oficial habló de heroísmo, de sacrificio, de lucha contra fuerzas superiores.
Pero Aleida introducía otra capa.
No de traición abierta.
Sino de…
distancia.
De decisiones frías.
De prioridades.
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