—
—Fidel tenía que pensar en Cuba —dijo—. En sobrevivir. En mantenerse.
—Y Ernesto… pensaba en la revolución mundial.
—
Dos caminos.
Que ya no podían coexistir.
—
—No creo que Fidel quisiera su muerte —aclaró—. Pero creo que aceptó el riesgo… de una forma que Ernesto nunca habría hecho.
—
El periodista respiró hondo.
—¿Por qué hablar ahora?
Aleida lo miró con calma.
—Porque ya no hay nada que proteger.
Pausa.
—Ni poder. Ni imagen. Ni mitos.
—
—¿Y qué espera que cambie con esto?
Ella sonrió levemente.
—Nada.
Silencio.
—La historia no cambia. Solo… se completa.
—
La cámara siguió grabando unos segundos más.
Pero lo importante…
ya había sido dicho.
—
En La Habana, las fachadas seguían en pie.
Los discursos seguían repitiéndose.
Las estatuas seguían inmóviles.
—
Pero en algún lugar…
la imagen de dos hombres, inseparables, invencibles…
acababa de agrietarse.
—
No por odio.
No por escándalo.
Sino por algo mucho más humano.
—
Diferencias.
Decisiones.
Y el peso imposible…
de sostener una revolución sin romperse por dentro.
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