—Antes de irse —dijo Aleida—, Ernesto tuvo una última conversación con Fidel.
Silencio.
—Una conversación que nunca se hizo pública.
El periodista se inclinó hacia adelante.
—¿Qué pasó en esa conversación?
Aleida cerró los ojos un instante.
Como si volviera a escuchar aquellas palabras.
—Discutieron —dijo finalmente—. Fuerte.
—
No era una discusión cualquiera.
Era…
el final de algo.
—
—Ernesto le dijo que no podía seguir en un lugar donde ya no creía completamente —continuó—. Y Fidel… le respondió que la revolución no era un ideal, era una responsabilidad.
Dos visiones.
Frente a frente.
Irreconciliables.
—
—Esa noche —añadió—, Ernesto tomó la decisión definitiva de irse.
No como misión oficial.
No como simple expansión.
Sino como ruptura.
—
El periodista frunció el ceño.
—Pero Cuba apoyó sus movimientos en el Congo y Bolivia…
Aleida negó lentamente.
—No como la gente cree.
Silencio.
—
—Aquí es donde la historia… cambia —dijo.
Sus manos temblaron ligeramente.
Pero su voz…
no.
—
—Fidel sabía que Bolivia era un lugar extremadamente peligroso —continuó—. Más de lo que se dijo públicamente.
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