—Ernesto no estaba hecho para oficinas —recordó Aleida—. Él era… fuego. Movimiento. Necesitaba la lucha.
Fidel, en cambio, comenzaba a consolidar el poder.
A negociar.
A pensar en términos de Estado.
Dos visiones.
Dos caminos.
—
—Las discusiones eran cada vez más largas —dijo Aleida—. Ya no eran solo sueños… eran desacuerdos.
Según ella, había noches en que ambos se encerraban durante horas.
Sin testigos.
Sin registros.
Pero al salir…
algo había cambiado.
—Ernesto salía en silencio —contó—. Y Fidel… hablaba más fuerte al día siguiente.
—
El punto de quiebre, según Aleida, no fue repentino.
Fue una acumulación.
Pequeñas diferencias.
Grandes decisiones.
Y, sobre todo…
desconfianza.
—
—La gente cree que Ernesto se fue porque quería expandir la revolución —dijo Aleida—. Y sí… eso es verdad.
Pausa.
—Pero no es toda la verdad.
La cámara permanecía inmóvil.
El aire parecía más pesado.
—Él también se fue… porque ya no confiaba completamente.
—
El periodista detrás de la cámara dudó.
—¿En Fidel?
Aleida no respondió de inmediato.
Luego, asintió.
—En las decisiones que se estaban tomando.
—
Según su relato, el Che sentía que la revolución en Cuba estaba tomando un rumbo distinto al que habían imaginado juntos.
Más pragmático.
Más político.
Menos… idealista.
—Ernesto decía que se estaban perdiendo cosas —recordó—. Que el poder cambiaba a las personas.
—
Pero lo que realmente estremeció la entrevista…
fue lo que vino después.
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