—Solo un rato —dijo al fin—. Solo para entrar en calor.
Las dos niñas celebraron como si hubieran ganado una batalla importantísima.
El coche de Mateo era justo lo que Isabel esperaba: grande, negro, silencioso, con asientos de piel impecable y ese olor a nuevo que la hizo sentirse aún más fuera de lugar. Se sentó rígida, tratando de tocar lo menos posible. Iba dejando pequeñas gotas de nieve derretida y suciedad en todo lo que rozaba.
—Perdón por ensuciar —murmuró.
—Son solo asientos —respondió Mateo sin mirarla—. Se limpian.
Durante el trayecto, las niñas hablaron sin parar. Querían saber si a Isabel le gustaba el chocolate caliente, si prefería los dinosaurios o las princesas, y si ya había visto el cuarto “que iba a ser suyo”, cosa que evidentemente ya habían decidido sin consultarle a nadie.
—Lo siento —dijo Mateo en voz baja cuando las niñas se distrajeron un segundo—. Su mamá murió hace año y medio. Desde entonces… están tratando de reparar el mundo como pueden.
—Lo siento mucho —dijo Isabel, y lo sintió de verdad.
—Han tenido varias niñeras —continuó él—. Ninguna duró. Creo que están buscando algo que nadie puede reemplazar.
—Yo no puedo ser su mamá.
—No te lo estoy pidiendo.
La casa de Mateo no era una casa. Era una mansión. Rejas de hierro, jardín enorme, ventanales altísimos, una entrada de piedra iluminada con luces cálidas que hacían parecer todo todavía más irreal. Isabel puso la mano en la manija de la puerta antes de bajar.
—No puedo entrar ahí.
—Es solo una casa —dijo Mateo—. Lo que importa es lo que pasa adentro.
La cocinera, una mujer mayor llamada doña Mercedes, apareció con una sorpresa apenas disimulada en los ojos, pero sin una sola gota de juicio.
—Señor Rivas, no esperaba visitas.
—Mercedes, ella es Isabel. Necesita un baño caliente, ropa limpia y algo de comer.
El baño era más grande que el departamento donde Isabel había vivido antes de perderlo todo. Cuando abrió la regadera y el agua caliente le cayó sobre la cabeza, empezó a llorar. Lloró en silencio, con la frente pegada al azulejo, viendo cómo seis meses de mugre se iban por el desagüe. Lloró por el jabón de lavanda, por la toalla limpia, por los calcetines suaves que Mercedes le dejó doblados junto al lavabo. Lloró porque volvía a sentirse humana.
En la cena intentó comer despacio, pero el cuerpo le ganó. El pollo asado, el pan caliente, la sopa, las verduras… todo le supo a vida recuperada y a humillación al mismo tiempo. Mateo fingió no notar la velocidad con la que comía. Las niñas hablaron sin parar. Isabel respondió lo justo. Aun así, algo en la mesa se sintió extraño. No incómodo. Extraño. Como si aquella casa hubiera estado demasiado tiempo esperando una voz distinta.
Leave a Comment