—No podemos dejarla aquí —dijo la niña de la izquierda, y los ojos se le llenaron de lágrimas tan rápido que pareció que el corazón se le había roto antes de terminar la frase—. Mamá la habría ayudado.
Algo en la cara del hombre se quebró.
—Lo sé, Camila.
—Y tú dijiste que la gente buena ayuda a quien lo necesita —agregó la otra, muy seria—. Además, ella necesita casa… y nosotras necesitamos mamá. Es perfecto.
El silencio que siguió fue brutal. El altavoz de la estación seguía anunciando destinos, la gente seguía caminando, el tren seguía bufando en algún punto lejano, pero para Isabel todo desapareció detrás del golpe de esas palabras.
Sintió que la cara le ardía de vergüenza.
—No —dijo, casi en un susurro—. No soy la solución de nadie. Por favor, váyanse.
El hombre se arrodilló a la altura de sus hijas.
—Eso no funciona así, Sofía, Camila. Esta señora tiene su vida, su historia. No pueden decidir cosas así.
Luego la miró otra vez.
Esta vez de verdad.
—¿Cómo te llamas? —preguntó en voz baja.
Isabel dudó. Hacía mucho que nadie se lo preguntaba como si de verdad importara.
—Isabel.
—Yo soy Mateo Rivas. Ellas son Sofía y Camila.
Las niñas sonrieron como si esa presentación ya las convirtiera en una especie de familia improvisada.
Mateo respiró hondo.
—Mira, Isabel… sé que esto va a sonar extraño, pero mis hijas no van a dejar esto así. Y, para ser honesto, yo tampoco debería. Vivimos a veinte minutos. ¿Aceptarías ir a calentarte un rato? Comer algo. Bañarte, si quieres. Después, si decides irte, te llevo a donde me digas. Sin condiciones.
Isabel quiso negarse. Quiso aferrarse a lo poco que le quedaba de orgullo. Pero tenía tanto frío que le dolían los dedos. Y las niñas la miraban con una esperanza tan limpia que algo se le aflojó por dentro.
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