“Usted necesita un hogar y nosotras necesitamos una madre”, le dijeron las gemelas a la mujer sin hogar en la estación de tren…

“Usted necesita un hogar y nosotras necesitamos una madre”, le dijeron las gemelas a la mujer sin hogar en la estación de tren…

Tenía veintiocho años, aunque los últimos seis meses le habían robado algo más que peso. Le habían robado la manera de sostener la mirada, la costumbre de esperar algo bueno, la idea de que todavía pertenecía al mundo. El cabello rubio oscuro, antes arreglado con cuidado, le caía húmedo y enredado sobre la cara. Estaba descalza. Sus zapatos se los habían robado tres noches atrás mientras dormía envuelta en una manta delgada que alguien había tirado cerca de un bote de basura.

—Señorita… ¿señorita?

Isabel levantó la vista.

Frente a ella había dos niñas pequeñas con abrigos rosas idénticos, gorritos con pompón y rizos oscuros escapándose por debajo de la capucha. Tendrían cuatro o cinco años. Tenían la misma nariz, los mismos ojos enormes y esa manera brutalmente honesta que tienen los niños de observar a alguien sin disimular nada.

—Niñas, vengan acá —se oyó una voz masculina más allá.

Pero las pequeñas no se movieron.

—Está durmiendo afuera —dijo una de ellas con la serenidad de quien anuncia algo obvio—. Eso está mal. Hace mucho frío.

—Estoy bien —murmuró Isabel, con la voz áspera por la falta de uso.

—No se ve bien —dijo la otra—. Está temblando y no tiene zapatos. Nosotras también tendríamos mucho frío sin zapatos.

El hombre ya estaba cerca. Alto, de hombros anchos, con un abrigo negro caro, un portafolios de piel y el cabello cubierto de copos. Se veía agotado y elegante al mismo tiempo, como esos hombres que han aprendido a no desmoronarse en público.

—Perdón —dijo de inmediato—. Se me soltaron. Niñas, no pueden acercarse así a la gente.

Entonces la vio bien.

Y en su rostro pasó algo. No fue asco. No fue desprecio. Fue algo peor y mejor al mismo tiempo: dolor.

—Solo la estamos ayudando —protestó una de las niñas—. Mira sus pies.

El hombre bajó la mirada hacia los pies desnudos de Isabel y apretó la mandíbula.

—Sí, ya vi. Pero tenemos que tomar el tren.

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top