Fernanda cayó de rodillas y lo estrechó contra su pecho, destrozada.
—Mi amor… no digas eso.
Pero los tres se aferraban a ella como si se les fuera la vida. Catalina observaba desde la entrada, satisfecha. Había ganado. O eso pensaba.
Porque la victoria le duró poco.
Sin Fernanda, la casa no volvió a sonar igual. Los niños dejaron de correr en el jardín. El comedor se volvió demasiado grande para tres cuerpos tristes. Mateo jugaba con la comida sin comer. Emiliano dibujaba en silencio. Nico dormía abrazado a un pañuelo azul que olía a ella.
Tomás empezó a notar que algo no encajaba.
No era solo la tristeza de los niños. Era el recuerdo de la cara de Fernanda al ver el collar. Era la precisión excesiva de Catalina. Era la rapidez con que todo ocurrió. Y, sobre todo, era una sensación que no lo soltaba: había cometido un error enorme.
Mientras tanto, Fernanda no conseguía dormir en el pequeño cuarto de azotea que había rentado con sus pocos ahorros. Algo dentro de ella le repetía que aquello no había sido casualidad. Recordó detalles: la seguridad de Catalina, la puerta cerrada con llave, la rapidez con que apareció Tomás.
Tres días después regresó a los alrededores de la mansión, no para entrar, sino para observar.
Y escuchó lo que necesitaba.
Detrás de un seto, vio a Catalina hablando con un hombre de traje gris y maletín negro.
—Te dije que nadie iba a sospechar —dijo ella con una risita fría.
—Fue arriesgado —respondió el hombre—. Si Villaseñor revisa más a fondo…
—No lo hará —lo cortó Catalina—. Confía demasiado en lo que ve.
Fernanda sintió que la sangre le hervía.
Siguió escuchando.
—Necesito los documentos antes del viernes —añadió Catalina—. Y asegúrate de que el médico no diga nada.
El médico.
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