—No, señor. Yo no robé nada. Jamás haría algo así.
Tomás la miró. No con rabia. Con duda.
Y esa duda le dolió más que cualquier insulto.
Catalina sugirió revisar sus cosas. Fernanda quiso negarse, pero ya sabía que nada de lo que dijera pesaría tanto como el espectáculo que Catalina había preparado. Minutos después, en el cuarto del personal, Tomás abrió el bolso de Fernanda.
Y ahí estaba.
El collar.
Brillante. Inconfundible.
Fernanda retrocedió, pálida.
—No… eso no puede estar ahí. Yo no lo puse.
Tomás levantó la pieza con manos tensas.
—¿Cómo llegó esto aquí, Fernanda?
Ella sintió que el suelo desaparecía. Y lo peor no fue encontrar el collar. Fue ver en los ojos de Tomás que una parte de él estaba empezando a creerlo.
Esa misma noche la despidieron.
Tomás trató de decir que lo sentía, que las cosas no eran tan simples, que necesitaba tiempo para entender. Pero Fernanda ya no podía escucharlo.
—Sí son simples —dijo ella, con la maleta en la mano y la voz quebrada—. Usted decidió creer que yo era capaz de algo así.
Cuando cruzó la puerta principal, los tres niños corrieron detrás de ella llorando.
—¡No te vayas! —gritó Mateo.
—¡Tú no hiciste nada! —sollozó Emiliano.
Nico llegó primero y se lanzó a abrazarla con toda la fuerza de su pequeño cuerpo.
—Tú eres nuestra mamá —lloró.
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