Un millonario busca una madre para sus hijos… pero una simple empleada doméstica lo cambia todo…

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No actuó con impulsividad. Catalina jamás hacía algo así. Esperó, observó, preparó el momento exacto. Dos días después llamó a Fernanda con voz seca mientras la muchacha servía la merienda.

—Fernanda. Sube a mi habitación. Ahora.

Los niños dejaron de hablar. Algo en el tono de aquella mujer les puso la piel de gallina.

—No te tardes —susurró Nico, aferrándose al uniforme de Fernanda.

Ella le sonrió para tranquilizarlo.

—No me tardo, corazón.

Subió sin imaginar que su vida estaba a punto de romperse.

La habitación de Catalina era amplia, luminosa, perfecta. Olía a perfume caro y a peligro. En cuanto Fernanda entró, Catalina cerró la puerta con llave.

—Desapareció una joya —dijo, caminando despacio frente a ella—. Una pieza muy valiosa.

Fernanda frunció el ceño.

—No entiendo, señora.

Catalina se detuvo y la miró con frialdad.

—Desapareció después de que tú limpiaste aquí.

Fernanda sintió un vuelco en el estómago.

—Yo no tomé nada.

—No te estoy preguntando —respondió Catalina—. Te estoy dando la oportunidad de devolverlo antes de que esto escale.

En ese instante golpearon la puerta. Era Tomás.

—¿Todo bien? —preguntó desde afuera.

Catalina alzó un poco la voz.

—Sí. Solo resolviendo un pequeño problema.

Cuando Tomás entró, la acusación cayó como una piedra.

—Mi collar desapareció —dijo Catalina con aparente pesar—. Y la última persona que estuvo aquí fue Fernanda.

Fernanda negó de inmediato.

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