Los documentos.
Fernanda entendió que había algo más. Algo grande.
Tiró de un hilo que la llevó hasta la Clínica Santa Regina, un sitio privado que Catalina había mencionado alguna vez. Allí, después de insistir y de ganarse la confianza de una enfermera compasiva, descubrió la segunda mentira: el embarazo de Catalina era falso. Había exámenes alterados, fechas imposibles, informes manipulados.
La boda no solo era una ambición. Era una trampa completa.
Aún necesitaba una prueba más contundente, así que siguió al hombre del maletín hasta una cafetería. Grabó su conversación por teléfono. Lo oyó decir claramente:
—Sí, ya está listo el informe alterado… y lo del embarazo también. Pero esto me está empezando a incomodar.
Con eso, Fernanda tuvo suficiente.
No volvió para suplicar. Volvió para mostrar la verdad.
El día de la boda, la mansión Villaseñor parecía salida de una revista. Luces cálidas, flores blancas, mesas elegantes, invitados distinguidos. Catalina, vestida de novia, avanzaba por el jardín como si ya le perteneciera la mitad del mundo. Tomás la esperaba al final del camino, serio, ausente. Los niños, vestidos igual que él, estaban sentados a un lado, callados, con el alma apagada.
Entonces una voz cortó el aire.
—Esto no puede continuar.
Todas las miradas se volvieron hacia la entrada.
Fernanda caminó despacio entre los invitados, sin uniforme, sin miedo, con la cabeza en alto y los ojos encendidos de verdad. Nico se puso de pie de un salto.
—Está aquí —susurró.
Catalina se quedó helada.
—No puede ser…
Fernanda llegó hasta el centro y levantó los documentos.
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