La empleada del registro que selló los papeles lo miró con cara de lástima y dijo que ojalá supiera en lo que se estaba metiendo, que esa área llevaba unos 30 años abandonada, que quedaba en medio de la nada, pero en la nada de verdad, que el último dueño había muerto ahí en los 90s. Y los herederos ni quisieron saber, que decían que ahí solo había piedra, espinas y víboras de cascabel.
Diego respondió que ya había trabajado en lugares peores mientras doblaba la escritura con cuidado. La servidora sacó un mapa impreso de la región, una hoja llena de manchas verdes y cafés, rodeó un área en la esquina sureste del municipio y explicó que ahí quedaba más o menos su parcela, que no había camino directo, que tendría que entrar por una brecha y luego seguir por zona de agostadero hasta encontrar cómo llegar y que aún así solo con camioneta 44 deseándole buena suerte.
Diego estudió el mapa y notó lo aislada que era la propiedad. Quedaba en un valle entre dos cerros de piedra, rodeada por matorral ralo y tierras sin registro. El poblado más cercano, si es que se podía llamar ciudad, era el pueblito de San Miguel del desierto con una gasolinera, una iglesita y media docena de casas. Esa noche, Diego durmió dentro de la camioneta en una gasolinera a la orilla de la carretera.
Estaba demasiado emocionado para gastar en hotel y la verdad estaba demasiado quebrado para eso. Por la mañana iría a descubrir cómo llegar a esa parcela sin valor y qué podría hacer con 240 haáreas que nadie quería. El viaje hasta su tierra le tomó casi todo el día. Siguió las indicaciones de la muchacha del registro y el mapa del celular.
Salió del asfalto a una terracería y de ahí a una brecha marcada apenas por las huellas viejas de llantas. El paisaje parecía otro planeta. Vegetación bajita, retorcida, arbustos secos, piedras oscuras, suelo rajado por tanta sequía y de vez en cuando un mesquite o unisache solitario torcido luchando contra el viento caliente del norte.
Se había llevado prestado un equipo de campamento del rancho donde trabajaba diciendo al patrón que necesitaba una semana para arreglar un asunto personal. El patrón, un hombre bueno llamado don Gerardo, había visto la emoción de Diego y movido la cabeza con una media sonrisa triste, comentando que seguro había comprado la tierra del viejo don Emilio Rivas, una zona mal hablada desde los años 90, donde don Emilio juró que iba a hacerse rico con ganado y caballos finos, pero el monte, la sequía y la terquedad lo quebraron, que prácticamente murió solo
por allá y que tardaron meses en encontrar el cuerpo. preguntándole a Diego si de verdad estaba seguro de querer meterse con eso. Diego insistió en que sí, pero ahora manejando por ese vacío sin fin, el pecho se le apretó con la sensación de que todo mundo sabía algo que él no llegó a lo que creía que era la orilla de la propiedad al final de la tarde.
Coordenadas del GPS coincidían con la descripción de la escritura, pero no había cerca ni letrero, ni ningún tipo de límite, ninguna señal de que un ser humano hubiera pasado por ahí en mucho tiempo. Solo meseta y desierto extendiéndose hasta el horizonte, bonitos en su soledad y completamente vacíos. Diego se bajó de la camioneta y se quedó parado en el viento caliente que traía olor a tierra seca escuchando el silencio.
Era un silencio tan profundo que casi pesaba, roto solo por el silvido del aire entre las plantas espinosas y el grito lejano de un ave de rapiña girando en el cielo. Él era dueño de todo eso, de esas 240 haáreas de suelo bruto que todos llamaban sin valor. Para los demás quizá no valía nada, pero era suyo. y eso significaba mucho.
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