Fue directo a la mesa principal donde estaban el presidente del consejo y el director financiero. Dejó la carpeta con un golpe seco sobre el mantel blanco.
—Represento a Aegis Holdings —dijo con voz clara—. Y creo que tienen un problema urgente de solvencia, fraude y administración criminal.
El silencio fue absoluto.
Luego comenzaron los murmullos.
Sara explicó los créditos vencidos, las cuentas ocultas, las facturas falsas, la malversación de la fundación. No levantó la voz. No hizo teatro. Solo fue dejando caer los hechos como piedras. Los rostros cambiaron de color. Las cámaras empezaron a disparar flashes. Ximena se quedó inmóvil, con la boca entreabierta. Carolina insultó. Beatriz quiso irse. Gregorio gritó que todo era mentira.
Pero David estaba en la pantalla gigante del salón, conectado a distancia, mostrando fechas, firmas, montos, rutas de dinero.
Y cuando el presidente del consejo abrió la carpeta y vio la evidencia, supo que el imperio estaba roto.
El lunes por la mañana, en la sala de juntas donde días antes le habían dado un dólar, Sara se sentó al extremo de la mesa como si hubiera nacido allí.
Gregorio tenía la cara ceniza. No había dormido. Los bancos habían rechazado la refinanciación. Las autoridades habían congelado cuentas. Sus hermanas negociaban inmunidad. Ximena ya hablaba con fiscales.
Tomás Abarca entró con los contratos. La voz de Sara fue tranquila, firme, definitiva.
Aegis Holdings ya había comprado la deuda. Por cláusulas antiguas que Arturo había dejado cuidadosamente redactadas, el incumplimiento convertía esa deuda en control accionario mayoritario.
Gregorio ya no mandaba.
Las condiciones de Sara fueron tres: renuncia inmediata de Gregorio sin compensación, cooperación total con la investigación federal y reestructuración completa de la empresa para que las acciones del fideicomiso quedaran protegidas a favor de Lucía.
El presidente del consejo aceptó en menos de un minuto.
Gregorio la miró como si viera a una extraña.
—Me dejaste sin nada —murmuró.
Sara metió la mano al bolsillo del saco, sacó el billete de un dólar y lo dejó frente a él.
—No —dijo suavemente—. Te dejo tu herencia. Procura no gastarla toda en un solo lugar.
Seis meses después, la primavera llenó de verde las montañas.
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