Aquella tarde conoció al resto del equipo que Arturo había dejado preparado como si hubiese anticipado cada pieza del tablero.
David Quintero, un exauditor fiscal expulsado por ser demasiado implacable, ya seguía el rastro de cuentas en Belice, Islas Caimán y transferencias disfrazadas. Silvia Cortés, experta en manejo de crisis y guerra corporativa, llevaba un traje rojo impecable y una mirada capaz de desmontar una mentira en diez segundos.
En una pantalla, David proyectó el desastre.
Gregorio había heredado una empresa brillante por fuera y al borde del colapso por dentro. Tres créditos enormes vencían en semanas. Arturo había cortado discretamente los puentes con los bancos que siempre refinanciaban la deuda. Cuando Gregorio intentara renovarla, lo rechazarían en público. El valor de la empresa caería. El fideicomiso controlado por Sara compraría la deuda. Y entonces no tomarían la empresa por acciones. La tomarían por asfixia.
Pero faltaba el escándalo moral.
Ahí entraba el disco duro.
Ximena no era solo la nueva esposa. Había desviado dinero de la empresa mediante facturas falsas de “programas de bienestar corporativo”. Carolina y Beatriz usaban la fundación benéfica de la familia para pagar vuelos privados, joyas y vacaciones de lujo. Gregorio había firmado o tolerado todo.
—El dinero lo derriba —dijo Silvia—. La vergüenza lo sepulta.
Cinco días después se celebraba la gala benéfica anual de la familia en un hotel de lujo en Paseo de la Reforma. Sería la coronación pública de Gregorio como nuevo patriarca.
Silvia dejó frente a Sara un vestido azul oscuro, perfecto, y una carpeta negra.
—Esa noche —dijo— usted no entra como la exesposa arruinada. Entra como el fin de una dinastía.
La gala estaba llena de políticos, inversionistas, cámaras, diamantes y sonrisas falsas. Gregorio brillaba bajo las luces como si nada pudiera tocarlo. Ximena llevaba un vestido rojo ajustado y un collar de diamantes comprado, probablemente, con dinero que un juez le había dicho a Sara que no existía.
Cuando las puertas se abrieron y Sara apareció escoltada por dos guardias privados, el salón tardó unos segundos en reconocerla.
Pero cuando la reconocieron, el aire cambió.
Gregorio avanzó hacia ella con el rostro desencajado.
—¿Qué demonios haces aquí?
Sara apartó su mano de un movimiento mínimo, elegante.
—No me toque, Gregorio.
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