Hija Regresó con Su Hijo para Sorprender a Sus Padres… y Encontró una Carta de Su Madre…

Hija Regresó con Su Hijo para Sorprender a Sus Padres… y Encontró una Carta de Su Madre…

Ahora sí, porque para entender como Paloma llegó a ese momento, parada frente a su padre con una carta en las manos y el mundo derrumbándosele encima.

Tenemos que volver muchos años atrás a un pequeño rancho perdido entre los cerros de Oaxaca, donde una niña soñaba con irse muy lejos, sin saber todo lo que iba a dejar atrás. San Juan Taba es uno de esos lugares que no aparecen en ningún mapa. Un puñado de casas de adobe regadas entre los cerros de la sierra norte de Oaxaca, donde las nubes bajan tan cerca que a veces parece que puedes tocarlas con la mano. Ahí no llega el ruido del mundo, solo se escucha el viento entre los pinos, el canto de los gallos antes del amanecer y si pones atención, el río que baja entre las piedras allá por la barranca.

En ese lugar nacieron Francisco y Rosario, y en ese lugar se quedaron toda la vida. Francisco Valderas Muñoz era un hombre de pocas palabras y muchos silencios. Se levantaba todos los días cuando el cielo todavía estaba oscuro. Se ponía sus guaraches gastados, su sombrero de palma y salía a trabajar la tierra como le enseñó su abuelo y como su abuelo le enseñó a su padre. Sembraba maíz, frijol, calabaza. Cuidaba unas cuantas gallinas y dos chivos que le daban más problemas que otra cosa.

No se quejaba nunca, no pedía nada. Francisco era de esos hombres que creen que el trabajo duro es la única forma honesta de vivir y que las palabras sobran cuando las manos ya dijeron todo. Rosario Herrera de Balderas era distinta, pero de una forma que lo completaba. Ella se levantaba antes que él, antes que los gallos, antes que el sol, antes que nadie. Prendía el fogón de leña, calentaba el comal y el olor de las tortillas recién hechas se colaba por toda la casa como un abrazo tibio.

Después salía a darle de comer a las gallinas. Revisaba la huerta donde tenía sus chiles, sus jitomates, su hierba buena. Y si le quedaba un rato libre, se sentaba junto a la ventana a bordar servilletas que nadie le había pedido, solo porque le gustaba dejarle algo bonito a cada rincón de esa casa. Todas las noches, antes de acostarse, Rosario rezaba el rosario en silencio. No lo anunciaba, no hacía ruido con eso. Simplemente se sentaba en la orilla de la cama, cerraba los ojos y movía los labios despacio.

Francisco la veía desde su lado de la cama y nunca dijo nada, pero tampoco se dormía hasta que ella terminaba. Los jueves, antes de que saliera el sol, los dos cargaban las cajas de madera con todo lo que habían cosechado y producido durante la semana. Queso fresco que Rosario hacía con sus propias manos, huevos, manojos de cilantro, calabazas, nopales, caminaban hasta donde pasaba la camioneta que los bajaba por el camino de terracería hasta Xlán de Juárez, donde cada semana se armaba el tianguis.

Ahí, entre el bullicio y el olor acopal, Francisco y Rosario acomodaban sus productos en su puesto de siempre, el mismo desde hacía 20 años, junto al Señor que vendía pan de yema y la mujer de los moles. Y ahí, entre esos cerros, entre ese fogón y ese tianguis, creció Paloma. Pero desde chiquita Paloma tenía algo en la mirada que Rosario reconocía y que le daba miedo. Mientras las otras niñas del pueblo jugaban entre los árboles y correteaban a las gallinas, Paloma se sentaba en la piedra grande que estaba en lo alto del cerro detrás de

la casa, y se quedaba mirando el horizonte como si buscara algo que no estaba ahí, como si el mundo que le habían dado no le alcanzara. Rosario la observaba desde la puerta de la cocina. secándose las manos con el mandil y sentía en el pecho algo que no sabía cómo explicar. Esa niña se iba a ir, no sabía cuándo, no sabía cómo, pero lo sabía. Paloma cumplió 15 años y ya no hablaba de otra cosa. En la escuela había conocido a una maestra que vivió 2 años en California y que le contaba cómo era la vida allá.

Las calles pavimentadas, los edificios altos, los supermercados donde podías encontrar de todo. Paloma la escuchaba con los ojos abiertos como platos y cada palabra que esa mujer decía era una piedrita más en el camino que Paloma ya estaba construyendo en su cabeza para irse. Francisco lo notaba. Lo notaba en la forma en que Paloma ya no salía a ayudarlo al campo con la misma gana de antes. Lo notaba cuando ella se quedaba callada en la cena, mirando un punto fijo en la pared, como si ya no estuviera ahí.

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