Una noche, mientras los dos limpiaban los surcos de la milpa, Paloma se lo dijo sin rodeos. Papá, cuando cumpla 18 me voy a ir a Estados Unidos. Francisco clavó la pala en la tierra y se quedó quieto. No la volteó a ver. solo dijo, “¿Y qué tiene de malo esta tierra?” Paloma no supo que contestar, no porque no tuviera respuesta, sino porque no quería lastimarlo. Se quedaron en silencio el resto de la tarde, trabajando uno al lado del otro sin decirse nada, con el peso de esas palabras colgando entre los dos como una nube negra.
Esa noche, Rosario escuchó a Francisco dar vueltas en la cama. Ella no dijo nada. Pero al día siguiente fue al cuarto donde guardaban las cobijas viejas, movió una tabla suelta del piso y sacó un bote de lata que Francisco no sabía que existía. Adentro había billetes doblados, monedas, todo lo que Rosario había ido guardando durante años, cada peso que sobraba de la venta en el tianguis, cada moneda que encontraba entre la ropa cuando lavaba, cada centavo que le pagaban las vecinas cuando les ayudaba a abordar manteles para las fiestas del pueblo.
Todo iba a ese bote sin decirle a nadie, porque Rosario siempre supo que Paloma se iba a ir y si se iba a ir, no iba a irse por el cerro cruzando el desierto de noche como los hijos de don Cleofas que se fueron y nunca volvieron, ¿no? Su hija se iba a ir por la puerta grande con papeles, con un boleto de avión, con la frente en alto. Cuando Paloma cumplió 18, Rosario puso el bote de lata sobre la mesa una mañana después del desayuno.
Francisco miró el bote, miró a Rosario y entendió todo sin necesidad de que ella le explicara nada. Apretó la mandíbula, se le humedecieron los ojos, pero no dijo que no. La despedida fue en la parada donde se tomaba la camioneta rumbo a Oaxaca de Juárez. De ahí Paloma tomaría un autobús a la Ciudad de México y de la Ciudad de México un vuelo a Los Ángeles, donde una prima lejana de Rosario la recibiría los primeros meses. Francisco le dio un abrazo corto y duro, como todo lo que él hacía, le dijo, “Cuídate, mi hija.” Y se dio la vuelta rápido para que ella no lo viera con los ojos rojos.
Rosario la abrazó distinto. La abrazó largo, apretado, hundiendo la cara en el cabello de su hija, como si quisiera grabarse su olor para siempre. No le dijo cuídate. No le dijo que la extrañaría. Le dijo algo que Paloma no entendió en ese momento, pero que iba a recordar muchos años después. Vayas donde vayas, aquí siempre va a ser tu casa. La camioneta arrancó. Paloma iba llorando en el asiento de atrás. Rosario se quedó de pie en el camino de tierra hasta que la camioneta desapareció detrás del cerro.
Francisco ya estaba caminando de regreso, solo, con las manos metidas en los bolsillos y la mirada clavada en el suelo. Esa noche, Rosario puso un lugar de más en la mesa. No dijo por qué. Francisco tampoco preguntó. Los dos cenaron en silencio con la silla vacía de paloma entre los dos. Y el único sonido en la casa fue el viento que bajaba del cerro y golpeaba la puerta como si alguien quisiera entrar. La vida siguió como siempre sigue aunque duela.
Francisco y Rosario volvieron al tianguis el jueves siguiente y el siguiente y todos los que vinieron después acomodaban sus productos en el mismo lugar de siempre. Saludaban a los mismos vecinos, vendían lo mismo. Pero ahora había un silencio nuevo entre los dos, no un silencio malo, un silencio triste, el silencio de los que se quedaron. Fue en uno de esos jueves, unas semanas después de que Paloma se fue, cuando Francisco lo vio por primera vez, un chamaquito flaco, moreno, con el pelo todo revuelto y una camisa que le quedaba tres tallas grande.
No tendría más de 9 años. Se acercó al puesto caminando despacito, mirando para todos lados con esa cara que ponen los que quieren parecer que no están haciendo nada. Francisco estaba acomodando los quesos cuando vio la mano del niño estirarse rápido como un lagarto y llevarse dos huevos del canasto. El chamaco los escondió debajo de la camisa y se fue caminando como si nada, sin correr, sin voltear. Francisco no dijo nada, pero al jueves siguiente, cuando vio al mismo niño acercarse otra vez con la misma estrategia, decidió seguirlo.
Lo siguió de lejos, entre los puestos del tianguis, por las calles de terracería de Xlán, hasta una casa chiquita al final de una calle empinada. La puerta estaba abierta. Francisco se asomó desde la esquina y vio al chamaco entrar y sacar los huevos de debajo de la camisa con cuidado, como si fueran de cristal. Adentro había una mujer delgada sentada en un banco remendando ropa ajena y una niña como de 6 años acostada en un petate tapada con una cobija vieja tosiendo.
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