El sol le pegaba en la nuca y le hacía arder la piel del cuello, donde el pelo recogido no alcanzaba a cubrir. Lupita se detuvo un momento para respirar. Se puso la mano en la parte baja de la espalda. donde el dolor ya era inquilino fijo desde el sexto mes y miró hacia adelante. La vereda hacía una curva entre matorrales y después desaparecía. Más allá de esa curva, según el papel del banco, estaba su terreno. Su terreno.
La palabra le sonaba rara en la cabeza, como ropa ajena que todavía no se amolda al cuerpo. Pasó la curva y lo vio. 20 hectáreas de nada, tierra seca, amarillenta, con manchones de hierba rala, que parecía muerta desde antes de nacer. A la izquierda un arroyo que era solo un surco de piedras secas. El fantasma de un río que alguna vez pasó por ahí. A lo lejos, cerros bajos y pelones se recortaban contra un cielo que no tenía una sola nube.
Y al centro, como un esqueleto varado en medio del desierto, estaba la construcción que mencionaba el documento. Cuatro paredes de bloc gris sin terminar, sin techo, sin puertas, sin ventanas. Solo los huecos donde debieron ir, abiertos como cuencas vacías, mirando hacia ningún lado. Al costado del muro más alto crecía un árbol viejo y retorcido, con el tronco grueso y la corteza partida, cuyas raíces se habían ido metiendo por debajo de la construcción durante años. Se veían salir entre las grietas del piso, como dedos lentos buscando algo en la oscuridad.
Lupita se quedó parada al borde del terreno durante un rato largo. No dijo nada, no lloró, no maldijo. Se quedó mirando esas cuatro paredes como quien mira una tumba abierta y decide entrar de todas formas. Después caminó hacia la construcción con la bolsa de plástico colgando de la mano y los guaraches levantando polvareditas con cada paso. Cuando llegó al hueco donde debió estar la puerta, se asomó adentro. El piso de cemento estaba reventado en varios puntos. Las raíces del árbol habían hecho su trabajo durante años, quebrando la losa desde abajo, y entre las grietas crecían hierbas flacas que se estiraban buscando la luz que entraba sin permiso por donde faltaba el techo.
En la esquina más alejada, la grieta más grande cruzaba el piso de lado a lado como una cicatriz. Lupita la miró fijamente, después miró alrededor, encontró una tabla vieja tirada entre los escombros, la arrastró con esfuerzo y la puso encima de la grieta. La tabla no cubría todo, pero cubría lo suficiente para no pensarlo más. Se sentó en el rincón donde el muro daba algo de sombra. Recargó la espalda contra el bloc caliente por el sol, se puso la bolsa de plástico sobre las piernas.
y cerró los ojos. No tenía agua, no tenía comida, no tenía a nadie esperándola, pero tenía una escritura y un pedazo de tierra que, por muerto que estuviera, era lo único en el mundo que no le podían quitar. Tres semanas antes de esa caminata, Lupita estaba de rodillas en el patio de una casa ajena tallando sábanas contra una piedra de lavar. El jabón de barra le había comido la piel de los nudillos y las manos se le abrían en grietas pequeñas que ardían cada vez que las metía al agua.
Llevaba desde las 5 de la mañana lavando primero las sábanas, luego los manteles, luego la ropa de los niños de la señora Consuelo, que le pagaba 80 pesos por todo y a veces se tardaba dos semanas en pagarle. Lupita tallaba con el ritmo mecánico de quien ha hecho lo mismo tantas veces que el cuerpo ya no necesita que la mente participe. Pero esa mañana la mente estaba en otro lado. Estaba en José Miguel. Llevaba 4 días sin noticias de él.
4 días era mucho. José Miguel era jornalero, trabajaba temporadas largas en ranchos ganaderos lejanos, a veces cruzando dos estados para llegar al siguiente trabajo. Pero siempre mandaba razón, siempre encontraba un teléfono prestado, una caseta, un mensaje con alguien que viajara de regreso. 4 días de silencio no era olvido, era otra cosa. La razón llegó al sexto día en una camioneta gris que se estacionó al final de la calle de Tierra. Dos hombres bajaron, uno traía un sobre amarillo, el otro traía el costal con las cosas de José Miguel, la muda de ropa, los guaraches de repuesto, una foto de Lupita doblada en cuatro que él cargaba en el bolsillo de la camisa.
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