La viuda embarazada compró un terreno muerto sin agua, pero lloró al desenterrar algo que cambiará toda su vida. El camino se borraba entre matorrales secos y piedras sueltas que nadie había pisado en mucho tiempo. Lupita caminaba despacio, no por precaución, sino porque el cuerpo ya no le respondía con la velocidad de antes. La panza le pesaba como si cargara un costal de maíz amarrado por dentro y cada paso sobre la tierra colorada le jalaba los tobillos hinchados hacia abajo.
Llevaba una bolsa de plástico del mercado en la mano derecha, adentro dos papeles. Uno decía que su marido estaba muerto. El otro decía que 20 hectáreas de tierra al final de esa vereda ahora eran suyas. Los dos papeles juntos, doblados, rozándose dentro de la misma bolsa, como si la vida y la muerte cupieran en el mismo lugar. No había nadie en el camino. No había ruido de motor, ni de animal, ni de gente. Solo el crujido de sus guaraches sobre la tierra suelta y el zumbido seco de los insectos entre los espinos.
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