Luego abrí la libreta en una página nueva, la primera que abría en 6 años, y escribí en la parte superior con la misma letra chica de los manifiestos. Plan debajo, subrayado dos veces. Esa noche no dormí bien, pero no por angustia. A veces la cabeza no deja de trabajar, no porque tenga miedo, sino porque ya encontró algo en qué ocuparse. A la mañana siguiente busqué entre los contactos de Bernardo Alcántara, un coleccionista de mapas de Monterrey, con quien intercambio piezas, el número que me había dado meses atrás de una conocida suya, “Por si algún día necesitas verificar algo que no puedes verificar solo”, me había dicho.
Con esa vaguedad cómplice de quien ha estado en situaciones difíciles, marqué el número. Sonó tres veces. “Buenas tardes”, contestó una voz de mujer directa sin adornos. “¿Me recomendaron con usted?”, dije. Necesito a alguien especializado en investigaciones financieras en asuntos de familia. Pausa breve. ¿Cuándo puede reunirse? Anoté la dirección. Tlaquepaque, cafetería El Parián. En tres días cerré el teléfono. La libreta seguía abierta en la página donde había escrito plan. Por primera vez en 6 años la columna de la derecha iba a tener entradas distintas.
La cafetería, el Parián en Tlaquepaque es uno de esos lugares que no intentan impresionar a nadie. Mesas de madera oscura, ventiladores de techo que giran a velocidad filosófica, un olor permanente a café de olla y canela. A dos cuadras de ahí tengo mi puesto en la feria de antigüedades, donde vendo los mapas duplicados. Conozco cada grieta de la doquín de esa calle. Llegué 10 minutos antes de la hora acordada. Pedí un café americano y saqué la libreta.
Lucía Carreño llegó puntual. 40 y tantos años, ropa discreta, una tablet bajo el brazo y el tipo de mirada que no registra emociones, sino datos. Me extendió la mano sin sonreír y se sentó sin esperar invitación. Me gustó eso. Los profesionales que trabajan en asuntos de familia aprenden rápido que el tiempo sentimental es un lujo que no se puede facturar. Le expliqué la situación en 15 minutos. Le di los nombres, las fechas aproximadas, la dirección del departamento, el nombre de la empresa donde trabajaba Ignacio.
Le mostré las últimas tres páginas de la libreta como muestra de documentación. Ella tomó notas sin interrumpirme. Cuando terminé, cerró su libreta y dijo, “Dos semanas le entrego un informe completo de situación patrimonial y crediticia. Honorarios, 9500 pesos, más gastos documentados. Acepté sin negociar, no porque no supiera negociar. 30 años en aduanas me enseñaron que los precios justos se pagan completos y los precios injustos te salen más caros después, sino porque lo que pedía era razonable. Le di la mitad en efectivo, como acordamos.
Ella guardó el dinero sin contarlo. Eso también me gustó. Durante las dos semanas siguientes, la vida siguió su curso aparente. Ignacio me llamó una vez más con esa voz de quien dicta. Quería saber si había pensado lo del enganche del coche. Le dije que todavía lo estaba considerando. Eso pareció satisfacerlo. Hay personas que confunden la paciencia del otro con debilidad y viven cómodas en ese malentendido. Verónica me llamó el jueves de la segunda semana. Me preguntó cómo estaba, si había comido bien, si Marisol seguía dejándome los tamales del domingo.
Era la Verónica de siempre en esas llamadas. afectuosa, breve, un poco culpable, sin saber bien por qué. Le pregunté por Mateo. Está bien, papá. Le fue muy bien en el examen de matemáticas. Dile que su abuelo quiere verlo. Claro. Dijo y luego, casi sin pausa. Oye, papá, lo del coche de Ignacio, ya tuviste oportunidad de No la dejé terminar. Todavía lo estoy pensando, mija. Cambié el tema hacia Mateo. Ella no insistió. Colgué y anoté en la libreta.
llamada. Presión indirecta por enganche, redirigida. Lucía me citó en el mismo lugar a la misma hora, exactamente 14 días después. Esta vez llegó con una carpeta delgada de color azul marino. La puso sobre la mesa sin ceremonia, como quien entrega un estado de cuenta. “Le resumo lo principal”, dijo y abrió la carpeta. Ignacio Vargas Castillo tenía tres tarjetas de crédito con un saldo combinado de 210,000 pesos. Una de ellas, la de mayor límite, llevaba dos meses con pagos mínimos y uno de esos meses con pago cero.
Su historial en el buró de crédito tenía una alerta reciente. El coche, un Twán del año anterior, que yo recordaba haberlo mencionado en alguna llamada como El Nuevo, estaba registrado a nombre de su madre, la señora Consuelo Castillo, residente en Zapotlán, un vehículo en nombre de la madre, mientras el hijo presenta ingresos de 28,000 pesos al mes como único sostén familiar. Hasta aquí confirmaría lo que yo ya sospechaba. Ignacio vivía estirado entre lo que ganaba y lo que aparentaba.
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