Mucho mejor, murmuró sacando el móvil para hacerle una foto al desayuno que estaba en la encimera. Vibras de mañana pondré, añadió mientras tecleaba en su pantalla. Vi cómo enfocaba la taza, el pan y su propia mano sosteniendo el tenedor. Hizo tres fotos, cambió un filtro y la subió a sus redes, sonriéndose a sí misma en el reflejo del microondas. Justo entonces entró Marcos, ya vestido para trabajar, su o camisa blanca perfectamente planchada, su reloj nuevo brillando a la luz.
Papá, ¿te encargas hoy del jardín?”, preguntó sin mirarme directamente. Llamé a un jardinero, pero ha cancelado. “No te preocupes, contesté. Ya me encargo yo.” Él asintió distraídamente mirando su reloj. Valeria le acercó una taza de café y le alisó la solapa de la chaqueta. “No te olvides de la reunión con los de Bilbao”, le recordó. Ya lo sé”, respondió él dándole un beso rápido en la mejilla. “Por cierto, hoy viene el decorador. Quiero que vea la cocina.” En ese momento, mientras servía el café, detuve el movimiento de la cafetera un instante.
Decorador, cocina, palabras que me pesaban más que ninguna otra. Durante el desayuno hablaron de cambiar los azulejos, de pintar las paredes, de vender la vieja finca de la sierra. Lo decían como si hablaran de objetos sin historia, sin nombre, todo lo que había sido de mi padre, todo lo que llevaba su huella. Cuando terminé de servir, preparé la bandeja de Leonor. Subí las escaleras despacio con cuidado de no derramar nada. Ella estaba despierta mirando la lluvia desde su butaca.
Le sonreí. Te he traído el café, amor, le dije. La ayudé a incorporarse. Sostuve la taza mientras ella daba pequeños sorbos. Luego le di sus medicinas, le limpié las manos con una toalla húmeda y abrí la ventana para que entrara el aire fresco. Ella cerró los ojos un momento, respiró hondo y dijo en voz baja, “Esa chica no te mira a los ojos.” No supe qué decir. Me limité a responder. Descansa, mi amor. A media mañana, el sonido de risas y voces nuevas llenó la casa.
Bajé y encontré a Valeria en el salón con tres chicas jóvenes, todas con vestidos claros y móviles en las manos. Papá, dijo con un tono casi condescendiente. He invitado a unas amigas a comer, algo informal. Sobre la mesa había botellas de vino, platitos con aperitivos y un jarrón que no era de Leonor. Una de las chicas fue hacia la ventana, hizo una foto y dijo, “Qué casa más bonita. Es como una joya antigua.” Otra se rió. “Sí, de las que usarías para una película de época.
Traté de ser amable. Serví agua, ofrecí pan.” Mientras tanto, Leonor estaba abajo, tumbada en el sofá, cubriéndose los ojos con el brazo. El ruido la molestaba. La risa se prolongó durante horas. Valeria les enseñó la cocina, el jardín, el sótano. La oí presumir. Vamos a reformar todo esto. La casa tiene encanto, pero necesita un toque moderno. Cuando por fin se fueron, el silencio cayó como un peso. Fui a la habitación de Leonor. Estaba dormida, agotada. La arropé y bajé al patio.
El cielo seguía gris y pequeñas gotas de agua se aferraban a las hojas del magnolio. Por la tarde, mientras cuidaba el jardín, volvía a oír voces dentro. Valeria había llamado a un grupo de obreros. Traían cintas métricas, muestras de pintura y un cuaderno. Entré justo cuando uno de ellos medía el marco de la ventana del salón. “¿Qué estáis haciendo?”, pregunté. Valeria, con una sonrisa impecable, respondió, “Vamos a cambiar las cortinas y quizás a pintar. La habitación necesita más luz.” “Estas paredes eran de mi padre”, dije lentamente.
Las pintó Vicente con sus propias manos. Ella se encogió de hombros. “Bueno, ya es hora de modernizarlas, ¿no crees? El sonido de un lápiz marcando la pared me atravesó como un clavo. No dije nada más. Fui al pasillo, cogí mi abrigo y salí al patio. Me quedé bajo la lluvia unos minutos, viendo como el agua se deslizaba por las baldosas. Cuando volví, los hombres se habían ido. El salón olía a polvo nuevo y a perfume. Esa noche, Marcos llegó a casa con una botella de vino tinto caro.
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