Mira, mamá, esta será mi cocina y aquí el comedor. Es una joya antigua, como esta casa decía Entre Risas. Desde su butaca, Leonor escuchaba sin decir nada. Sus ojos, cansados, pero dulces seguían el movimiento de la pantalla como quien mira algo lejano. Cuando terminó la llamada, me miró y sonrió con esa dulzura que aún no la ha abandonado. ¿Quieres un té, amor?, le pregunté. Negó con no la cabeza. Le arropé las piernas con la manta y me quedé allí un momento viendo como la luz de la tarde se filtraba por las cortinas, pintando la habitación de un tono dorado.
Al caer la noche, bajé al sótano a buscar un bote de pintura. Quería reparar la ventana del pasillo. Encendí el viejo fluorescente. El aire era frío, húmedo. El olor a madera y a polvo me hizo toser. Las botellas de vino del viejo Vicente seguían allí cubiertas de telarañas. Pasé la mano por una de ellas y leí su nombre grabado en la etiqueta Vicente Morales, 1978. Me quedé allí mirando el débil reflejo de la luz en el cristal.
La casa guardaba su historia, pero el eco de los nuevos pasos la había cambiado. No sonaba igual, no olía igual. Apagué la luz y subí lentamente las escaleras. Antes de cerrar la puerta, miré una última vez el sótano a oscuras y dije en un susurro, “Esta casa aún respira, pero ya no con nuestro aliento. ” Me quedé un momento allí. oyendo solo el tic tac del reloj de pie del pasillo. Luego volví a la habitación de Leonor.
Dormía plácidamente y la lámpara junto a su cama proyectaba una luz cálida sobre su rostro. Me senté a su lado, le tomé la mano y pensé que aunque el mundo se empeñara en seguir adelante sin mirar atrás, yo aún pertenecía a esta casa, a su silencio, a los buenos fantasmas que todavía la habitaban. Y así terminó mi día como tantos otros, con el corazón lleno de amor y una tristeza que nunca se va, pero que he aprendido a aceptar como quien aprende a vivir con el sonido constante de una casa vieja que se vacía lentamente de voces.
Aquel día amaneció con una lluvia fina, casi invisible, de esa que parece flotar en el aire en lugar de caer. Me desperté antes del amanecer. El sonido del agua golpeando suavemente contra los cristales era de alguna manera hipnótico. Me quedé unos segundos tumbado, mirando el techo, escuchando como el viento empujaba las ramas del magnolio contra el cristal. El aire era húmedo y frío. La habitación olía a madera vieja y a medicinas. Encendí la pequeña lámpara de la mesilla.
La luz amarilla apenas iluminaba el retrato de boda que colgaba frente a la cama. Me incorporé lentamente, me puse los zapatos y el abrigo y salí al pasillo. Las tablas del suelo crujieron bajo mis pies. ese sonido familiar que en otros tiempos me habría hecho sonreír. Pero ahora solo me recordaba que la casa se estaba llenando de pasos desconocidos. Al pasar por la habitación de Marcos, vi la puerta entornada. Dentro, el brillo azul de una pantalla parpadeaba en la oscuridad.
El sonido de la voz de una mujer salía del altavoz del teléfono. Alguna locutora de radio hablando de moda y famosos. Valeria estaba despierta. tumbada en la cama, con el pelo suelto y unos auriculares colgando del en cuello. Llevaba una mascarilla blanca en el rostro y sostenía el móvil. La habitación olía a perfume caro y a laca de uñas. Continué hacia la cocina. Allí el aire era distinto, más denso, más mío. Encendí el fogón, puse agua a calentar y empecé a preparar el desayuno.
Café solo para mí, avena con miel para Leonor y un huevo pasado por agua con un trozo de pan tostado, todo en el mismo orden de siempre. Cuando el café empezó a soltar su aroma amargo, oí unos pasos que se acercaban. Era Valeria. Llevaba un batín de seda de color crema, el pelo recogido, los brazos cruzados sobre el pecho, se apoyó en el marco de la puerta y arrugó la nariz. Otra vez ese olor a mantequilla dijo con un tono entre la burla y el desdén.
“Huele a hospital de viejos.” No contesté. Me limité a darle la vuelta al huevo con la espátula y dejé que el sonido del aceite chisporroteando cubriera el silencio. Ella suspiró, fue hacia la ventana y la abrió de par en par. El aire frío entró de golpe y con él el murmullo de la lluvia cayendo sobre las baldosas del patio. Luego sacó un frasquito del batín y roció el aire con perfume. Chanel, sin duda, un aroma fuerte, seco, casi metálico, que ahogó el olor de la comida.
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