Pero hay una condición. El Pedraza había dicho antes de cerrar nuestra conversación esa tarde, me había dado su tarjeta y dicho que regresaría al día siguiente para explicar todo con detalle, que yo necesitaba tiempo para asimilar. Yo había asentido sin palabras y él había salido con el mismo porte cuidadoso con que había entrado. Acostada en esa cama, intenté juntar al Eduardo que yo había conocido con el Eduardo que Lick. Pedraza había descrito, el hombre que salía sonriendo del departamento el sábado por la mañana, cargando la herencia de 50 años de culpa en el bolsillo.
El hombre que me había hecho viuda sin jamás haber muerto. Él había sido cobarde, eso lo sabía sin ninguna duda. Pero debajo del coraje, y había coraje, un coraje viejo y encendido, había también algo extraño que tardé en identificar. una especie de alivio, porque significaba que no había sido la muerte lo que nos había separado. Había sido una decisión, la decisión de él, no la del destino. Y las decisiones, a diferencia de la muerte, pueden ser respondidas.
A la mañana siguiente, el l Pedraza llegó puntual con dos cafés de la nevería de la esquina, un gesto pequeño que noté y guardé. Nos sentamos en la misma salita y él abrió el portafolio con la organización meticulosa de quien respeta el peso de lo que está presentando. La condición era la siguiente. Por las complejidades legales relacionadas con la desaparición de Eduardo y la ausencia de acta de defunción formal en su momento, la sucesión necesitaba ser homologada por un juez.
Para eso yo tendría que presentarme personalmente a una audiencia en Monterrey dentro de 60 días, presentar documentación que comprobara mi identidad como esposa legítima de Eduardo al momento de su desaparición y participar en un proceso de verificación que incluía el análisis de testigos y documentos históricos de nuestro matrimonio. Si el juez quedaba satisfecho, la herencia sería transferida a mí conforme al testamento. Había, sin embargo, una complicación que el LCK. Pedraza mencionó con la misma voz cuidadosa de siempre.
Eduardo había tenido una hija, una hija de una relación en los años 90 en Monterrey llamada Verónica, que tenía 44 años y no había sido contemplada en el testamento, y que había sido notificada sobre la existencia de la herencia y sobre mi condición de beneficiaria dos semanas antes. Dos semanas. Dos semanas de ventaja para una mujer que tenía todo que perder. Lo voy a hacer, le dije al Lick. Pedraza. Él asintió sin sorpresa y yo pensé que quizás él ya lo sabía desde que me había encontrado en esa pensión con el ventilador ruidoso, que yo no era el tipo de mujer que se raja.
Había una caja de cartón en el cuartito de triquila. Era una caja pequeña, reforzada por dentro con periódico viejo. Y yo la había cargado en cada mudanza de mi vida desde 1987, sin abrirla ni una sola vez. No porque hubiera olvidado lo que había dentro, sino exactamente porque lo sabía. Dentro estaba todo lo que quedaba del tiempo con Eduardo. Le pedí a Camila que me dejara sola en el cuartito unos minutos. Ella se fue sin preguntar. Mi hija tiene esa cualidad rara de saber cuándo no preguntar.
Me senté en el piso de loseta fría y abrí la caja despacio, como si el apuro pudiera despertar algo que estaba dormido ahí adentro. El acta de matrimonio estaba encima, doblada en cuatro, amarilla en los dobleces, pero legible. Fechada el 14 de junio de 1981 en el Registro Civil de Guadalajara, Rosario Ibarra y Eduardo Augusto Fuentes. Ahí estaban los dos en papel y tinta, jóvenes e ignorantes de todo lo que estaba por venir. Debajo del acta había fotografías.
Nosotros dos en la fiesta de bodas, él con traje beig, yo con un vestido que mi mamá había ayudado a coser, una foto en las playas de Puerto Vallarta, primer aniversario, otra en una carne asada con amigos cuyos nombres ya casi no recordaba. Eduardo sonreía en todas con esa sonrisa un poco chueca que yo había amado mucho antes de aprender, que las sonrisas no garantizan nada. También había cartas, tres cartas que él me había escrito durante un viaje de trabajo en el primer año de casados antes de que existieran los celulares, cuando la gente todavía escribía cartas de verdad.
La letra era pequeña e inclinada hacia la derecha, con algunos borrones que me recordaban que Eduardo siempre sostenía el bolígrafo con demasiada fuerza. En el fondo de la caja había algo pequeño que yo había olvidado por completo, un papelito doblado escrito a mano que él había metido en mi bolsa en algún aniversario de los primeros años. No era exactamente una carta de amor. Eduardo no era dado a las declaraciones. Era más una lista de cosas que le gustaban de mí, escrita con el estilo práctico y ligeramente torpe que era la marca de su cariño.
Terminaba con “Gracias por haberte quedado conmigo hasta ahora.” Sostuve ese papel por un rato sin poder soltarlo. Hasta ahora había escrito como si ya supiera que la permanencia no estaba garantizada, como si ya se estuviera despidiendo de una manera que yo no había entendido en ese momento. No lloré. Había algo dentro de mí que había decidido sin que yo tomara conciencia de la decisión que todo ese proceso exigía que yo me mantuviera entera, que las lágrimas podían esperar.
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