Esperó a que le gritara, a que se defendiera, pero no lo hizo. Nayeli bajó la cabeza. Sus hombros se encogieron sometidos, derrotados. murmuró una disculpa inaudible. Aferró con fuerza la bolsa de plástico llena de sobras y siguió limpiando la mesa con un trapo sucio. Esa imagen rompió algo dentro de Héctor. La culpa que había enterrado bajo capas de trajes a la medida, autos blindados y mansiones de mármol, estalló de golpe. “Señor Villalobos”, insistió el socio alemán, visiblemente molesto por la falta de atención.
Héctor soltó la copa de cristal, chocó contra la mesa derramando vino tinto sobre los documentos millonarios. El líquido oscuro se expandió como sangre sobre el papel. “La reunión terminó”, dijo Héctor con una voz tan grave y áspera que silenció a todos en la mesa. “¿Qué, Héctor? Estamos a punto de firmar.” Intentó intervenir su abogado con los ojos muy abiertos. Héctor se puso de pie de golpe. La pesada silla de roble raspó violentamente contra el suelo de mármol, atrayendo las miradas de varios comensales de la élite regiomontana.
No le importó. No le importaban los 50 millones, no le importaba la fusión. Dio un paso hacia la estación de servicio. Necesitaba hablar con ella. Necesitaba entender cómo la mujer más inteligente que conocía había terminado rogando por las migajas de los ricos. Pero justo cuando iba a cruzar el salón, las puertas dobles de la cocina se abrieron de golpe. El gerente del restaurante apareció agarrando a Anayeli por el brazo con violencia. “Te dije que no te quería ver en el salón con esa ropa sucia”, le gritó el gerente en voz baja, pero cargada de veneno.
Al callejón, saca tu basura por atrás. Nayeli no se resistió, aferró sus dos pesadas bolsas de plástico transparente y desapareció empujada por el gerente hacia las profundidades de la cocina. Héctor apretó los puños. sintió un impulso salvaje de ir a la cocina, tomar al gerente por el cuello y comprar el maldito restaurante entero solo para despedirlo en el acto. Pero se detuvo. Si Nayeli lo veía allí vestido con un traje Tom Ford de $10,000, la humillación sería demasiado grande para ella.
Tenía que saber la verdad primero. Tenía que saber a dónde iba. Sin despedirse de sus socios, ignorando las llamadas de su abogado, que gritaba su nombre en el restaurante, Héctor caminó rápido hacia la salida principal. El juego había cambiado. El pasado acababa de estrellarse contra su presente. La noche en Monterrey era calurosa y opresiva. Héctor salió del restaurante casi corriendo. El ballet parking apenas tuvo tiempo de traer su camioneta blindada color negro carbón. Su chóer de seguridad privada le abrió la puerta trasera como de costumbre.
“Bájate, Roberto, yo manejo hoy.” Ordenó Héctor cortante. El guardia de seguridad parpadeo desconcertado. Héctor nunca manejaba. “Pero, señor Villalobos, los protocolos de Segur. Que te bajes de mi camioneta ahora.” rugió Héctor. El chóer obedeció al instante. Héctor subió al asiento del conductor, arrancó el motor B8 con un rugido sordo y aceleró bruscamente, dejando atrás las luces doradas y los escaparates de lujo de la avenida principal. Giró el volante hacia el callejón trasero del restaurante. Llegó justo a tiempo.
Bajo la luz parpade de un farol roto, vio a Anayeli salir por la puerta de servicio. Caminaba rápido, encorbada por el peso de las dos grandes bolsas de plástico que cargaba. No llevaba bolso ni chaqueta, solo ese uniforme desgastado y unos tenis rotos que sonaban contra el asfalto mojado. Héctor apagó las luces de la camioneta. A la distancia prudente de 50 met comenzó a seguirla. El trayecto fue una tortura silenciosa. Nayeli caminó cinco cuadras hasta llegar a una parada de autobús oxidada y vandalizada.
Héctor detuvo la camioneta en la esquina oculto en las sombras. Vio como ella se abrazaba a sí misma en la oscuridad. Vio cómo revisaba el interior de sus bolsas de plástico transparente. Héctor entrecerró los ojos para ver mejor. A la luz de los faros de los autos que pasaban, notó algo extraño en la basura que Nayeli había recolectado. No solo eran sobras de comida. En la segunda bolsa había cajas de cartón aplastadas, frascos de vidrio vacíos y lo que parecían ser mangueras de suero intravenoso rescatadas del contenedor de reciclaje de la farmacia de la esquina.
¿Qué demonios estaba haciendo una exenfermera de élite con basura médica descartada? Un autobús urbano viejo soltando una nube de humo negro por el escape frenó chirriando frente a la parada. Nayeli subió arrastrando las bolsas. Héctor pisó el acelerador. La imponente camioneta blindada comenzó a seguir al destartalado transporte público. El paisaje cambió drásticamente. Dejaron atrás los rascacielos iluminados, las mansiones con guardias armados y los boulevares limpios. El autobús comenzó a subir por las calles empinadas de la periferia.
El asfalto desapareció, reemplazado por tierra, baches profundos y perros callejeros famélicos escarvando en la basura. Héctor sintió un nudo en la garganta. El contraste era brutal. Él dormía en sábanas de seda egipcia. La mujer a la que le juró amor eterno viajaba de noche hacia la miseria absoluta. El autobús finalmente se detuvo en la parte más alta y oscura de la colonia. un laberinto de casas a medio construir apiladas unas sobre otras en la ladera del cerro.
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