Cuando firmó los papeles, no me miró a los ojos. Eso fue lo primero que noté. Marcos tenía la pluma en la mano y la cabeza inclinada sobre el formulario, y sus hombros tenían esa rigidez específica de quien ha tomado una decisión que sabe que no resiste el escrutinio de la mirada directa. La empleada del escritorio le explicaba algo sobre los procedimientos de ingreso, sobre los horarios de visita, sobre las normas del centro y él la sentía con la misma eficiencia con que firma contratos en su oficina.
Con esa velocidad profesional que convierte cualquier cosa en un trámite. Yo estaba sentado a su lado con la maleta entre los pies, la maleta que él había hecho por mí mientras yo dormía. Y pensé, “Mi propio hijo está entregándome a desconocidos y no puede mirarme a la cara mientras lo hace.” No dije nada. Esperé. Me llamo Lorenzo Castiglione. Tengo 71 años, aunque en los últimos meses he envejecido de una manera que no tiene que ver con el tiempo, sino con la comprensión de ciertas cosas que uno preferiría no haber entendido nunca.
Fui ingeniero civil durante 36 años. Construí puentes y carreteras en cuatro provincias distintas y me jubilé con la satisfacción ordenada de quien ha hecho su trabajo sin grandes dramas. Mi esposa Mirta murió hace dos años de un cáncer que fue rápido, más rápido de lo que cualquiera de los dos hubiera podido prepararse. Y desde entonces he vivido solo en el apartamento donde criamos a nuestro hijo Marcos. En el cuarto piso de un edificio antiguo con vistas a un parque que en otoño se pone de un color que todavía me detiene cuando lo miro desde la ventana.
Marcos tiene 43 años. Es abogado corporativo. Trabaja en un bufete de los que tienen el nombre de tres socios en la puerta y moqueta en los pasillos. Y vive con su esposa Ingrid y sus dos hijos en una casa en las afueras que compraron hace 6 años y que yo visité quizás ocho veces en todo ese tiempo. Soy consciente de que ese número dice algo. Durante años elegí no entender qué decía exactamente.
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