LA EMPLEADA RECOGÍA SOBRAS DEL RESTAURANTE — EL MILLONARIO LA SIGUIÓ Y DESCUBRIÓ ALGO IMPACTANTE…

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Héctor miró su reloj. 7 minutos. Las puertas se abrieron en el subsuelo. El aire acondicionado del nivel -3 era glacial. Frente a ellos se alzaba una puerta circular de titanio puro de 2 m de grosor incrustada en un muro de concreto reforzado. Era la bóveda donde se almacenaban los viales de primera línea, los prototipos y los biológicos más valiosos y peligrosos del continente, entre ellos el pulmocal B. Héctor corrió hacia el panel de control lateral, apoyó la palma de su mano derecha en el escáner biométrico y acercó su ojo al lector de retina.

Una luz verde horizontal escaneó su rostro. El sistema zumbó. Héctor contuvo la respiración esperando el habitual chasquido de los engranajes de titanio liberándose. En lugar de eso, la luz verde parpadeó y se volvió de un rojo intenso y sangriento. Una voz sintética femenina resonó en el pasillo subterráneo. Acceso denegado. Credenciales biométricas bloqueadas. Cierre de seguridad por orden de la junta directiva. Código Override requerido. Héctor retrocedió como si le hubieran dado un puñetazo en la mandíbula. Golpeó el panel de cristal con el puño cerrado, rompiendo la pantalla en pedazos.

Vargas, vuela esta puerta. Ponle C4 a las bisagras, gritó Héctor completamente fuera de sí, con la voz quebrada por el pánico. Vargas se acercó corriendo a la puerta de titanio, examinó el marco de sellado al vacío y negó con la cabeza lentamente. No puedo, señor. Te pago para que puedas, sea. Vuela la puerta. No es la puerta, señor, es lo que hay adentro. Gritó Vargas agarrando a Héctor por los hombros para hacerlo reaccionar. Usted mismo diseñó esta bóveda.

Está sellada al vacío termorregulado. Si detono explosivos plásticos para abrir una brecha, la onda de choque y el cambio de presión instantáneo van a vaporizar todos los viales de cristal en el interior. El pulmocal M es un compuesto inestable. Se hará polvo si volamos la bóveda. El mundo entero se derrumbó sobre la cabeza de Héctor. Se tambaleó hacia atrás, apoyando la espalda contra la fría pared de concreto. Su propio genio, su paranoia corporativa, su obsesión por proteger sus billones de dólares acababan de convertirse en la tumba de su hijo.

Fabiola lo sabía. Sabía que él intentaría entrar por la fuerza y sabía que la violencia no le serviría de nada. Era el bloqueo, maestro, una trampa de la que no podía salir disparando. 6 minutos. El teléfono de Héctor vibró en su bolsillo. Lo sacó con manos temblorosas. Era un mensaje de texto de Nayeli. Solo dos palabras que le congelaron el alma. Está y anótico. Apresúrate. Dante se estaba poniendo azul. El oxígeno ya no llegaba a sus órganos.

se estaba asfixiando. Héctor cerró los ojos y dejó caer una lágrima de pura impotencia, gruesa y pesada, que rodó por su mejilla sucia. Miró la bóveda de titanio. Su hijo estaba del otro lado de la ciudad muriendo y la cura estaba a 3 m de distancia, oculta detrás de una pared inquebrantable de burocracia, venganza y acero. Abrió los ojos. La desesperación desapareció, reemplazada por una claridad gélida, absoluta y aterradora. Había una sola llave para abrir esa puerta y le iba a costar todo lo que tenía.

Héctor desbloqueó su teléfono, ignoró el mensaje de Nayeli y marcó un número directo a través de una línea encriptada. Sonó una vez. Sonó dos veces. A la tercera, la videollamada se conectó. La pantalla se iluminó, mostrando el rostro de Fabiola Mendoza. Estaba sentada en el lujoso despacho de madera de cerezo de su padre, fumando un cigarrillo ultradelgado. Una sonrisa sutil, venenosa y victoriosa curvaba sus labios perfectamente pintados de rojo. “¿Problemas para entrar a tu propia casa, mi amor?”, preguntó Fabiola con un tono de falsa compasión que hizo que a Vargas se le tensara la mandíbula al escucharla por el altavoz.

Héctor no perdió tiempo, no le gritó, no la insultó. Cada segundo que gastaba en ego era un segundo de oxígeno que le robaba a su hijo. ¿Qué quieres?, preguntó Héctor con una voz plana, muerta, sosteniendo el teléfono frente a su rostro en el pasillo subterráneo. Ponle precio, Fabiola. Di el número. ¿Qué necesitas para teclear el código en tu sistema y abrir esta bóveda ahora mismo? Fabiola dio una calada a su cigarrillo y exhaló el humo lentamente frente a la cámara.

Vaya, ¿dónde quedó el león furioso que me echó de su mansión hace media hora? ¿Dónde quedó el hombre que iba a quemar mi mundo hasta las cenizas? se burló ella inclinándose hacia adelante. Me dijiste que te habías quedado con todo, Héctor, pero parece que olvidaste que la junta directiva puede anular tus credenciales de seguridad si demuestro que eres un riesgo para la compañía y asaltar tus propios laboratorios con mercenarios armados. Bueno, digamos que el juez me dio la razón.

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